EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

Relato en pequeño formato - En mi voz -- Amigos

sábado, 24 de septiembre de 2016

En mi voz


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                                      Charlas de café

Habitués de la barra del Bar de doña Tomasa, como de una antigua religión,
estábamos los de siempre, el “pollo” Exequiel que se ganó el mote por
tanto repetir a Platón: “el hombre es un animal implume”.
    Otro pionero en el devenido inocente aguantadero de barrio, es “el Taba”. 
Según consta en su Libreta de Enrolamiento Arístides Sileno es soltero pero
no del todo y lo llaman “el Taba” por su habilidad para caer parado,
es un devoto practicante del deporte de los reyes.
    A punto de ser padre les pregunté:
    --¿Alguno de ustedes presenció un parto?
  --Hace muchos años, yo no peinaba canas,  en mi taxi llevaba a una maestrita
al hospital más cercano –José, taxista de profesión --aprovechó para relatarnos
la historia de marras con lujo de detalles. --Elsa era una muchacha muy valiente,
ayudó en su parto, me asombró su entereza, la preocupación y el amor
que demostró por su hijo a pesar del sufrimiento y su escasa salud.
   --¿Por qué suponés que estaba enferma? –pregunté
   --Falleció poco después abrazada a su bebé. --me respondió
   Hasta la mesita y doña Tomasa hicieron silencio.  
   --Gracias –le dije --por recordarme así a mi madre.

   Permanecimos todos y cada uno anclado en algún momento del relato hasta que el mozo declinó las luces y apuramos el último café. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Una decisión dificil

                                  
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 – Una decisión difícil – 

Autores
Eduardo Poggi & 
Ada Inés Lerner
La única solución sensata era dejar el juego, porque Marianella no creía factible matar a Gustavo por dinero: lo había llenado de astas, pero ese era su límite. El límite de una esposa infiel es el engaño, se decía ella cada vez que se miraba en el espejo tratando de convencerse; la muerte forma parte de un ámbito al que no pertenezco. Al menos, esas fueron sus convicciones hasta que se le presentaron los 
dos brutos que la levantaron en el Toyota de su exjefe, el dueño del garito 
que frecuentaba.
―Nena ―dijo el exjefe sentado a su lado en el asiento trasero  

--el adelanto que perdiste lo saqué de mi caja, no de la tuya. 
Podés devolverlo al contado o en especie ―lo dijo apoyándole una mano 
en la rodilla―. Como prefieras.
—A ver, explicáme las alternativas claras, porque soy un poco tonta, ¿sabés? —replicó Marianella con su mejor cara de no entender. 

El exjefe se tragó el camelo, sin sospechar que ella lo estaba caminando.
—Eliminás a tu marido o venís a mi pisito cuantas veces yo quiera —dijo avanzando la izquierda de ella hacia su hombría.
—Sin límites, no. —dijo Marianella. 
Y mata a los tres, no tiene necesidad de concretar la devolución del dinero. 
Sin embargo, quien mató una vez, ¿otra raya al tigre que le hará? 
Regresa a la casa, mata al esposo, y con el dinero… ¡sigue jugando! 
Se había cerrado el trato.



Una decisión dificil

                                  
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 – Una decisión difícil – 

Autores
Eduardo Poggi & 
Ada Inés Lerner
La única solución sensata era dejar el juego, porque Marianella no creía factible matar a Gustavo por dinero: lo había llenado de astas, pero ese era su límite. El límite de una esposa infiel es el engaño, se decía ella cada vez que se miraba en el espejo tratando de convencerse; la muerte forma parte de un ámbito al que no pertenezco. Al menos, esas fueron sus convicciones hasta que se le presentaron los 
dos brutos que la levantaron en el Toyota de su exjefe, el dueño del garito 
que frecuentaba.
―Nena ―dijo el exjefe sentado a su lado en el asiento trasero  

--el adelanto que perdiste lo saqué de mi caja, no de la tuya. 
Podés devolverlo al contado o en especie ―lo dijo apoyándole una mano 
en la rodilla―. Como prefieras.
—A ver, explicáme las alternativas claras, porque soy un poco tonta, ¿sabés? —replicó Marianella con su mejor cara de no entender. 

El exjefe se tragó el camelo, sin sospechar que ella lo estaba caminando.
—Eliminás a tu marido o venís a mi pisito cuantas veces yo quiera —dijo avanzando la izquierda de ella hacia su hombría.
—Sin límites, no. —dijo Marianella. 
Y mata a los tres, no tiene necesidad de concretar la devolución del dinero. 
Sin embargo, quien mató una vez, ¿otra raya al tigre que le hará? 
Regresa a la casa, mata al esposo, y con el dinero… ¡sigue jugando! 
Se había cerrado el trato.


Hombre y Mujer premiado

  FALLO DEL SEGUNDO CONCURSO INTERNACIONAL VERSOS COMPARTIDOS MICRORRELATO DE AMOR
.........................................................................
DE LA TOTALIDAD DE LAS OBRAS CONCURSANTES SE HAN SELECCIONADO LOS TRES PRIMEROS PREMIOS Y 100 OBRAS PARA INTEGRAR EL LIBRO DE MICRORRELATOS CORRESPONDIENTE AL CONCURSO.                                              


                                                        Hombre y mujer

Nos gustaba nuestro amor porque aparte de ser generoso, fuerte, espiritual (hoy 
que las relaciones amorosas son tan escasas de todo) guardaba recuerdos de nuestra
adolescencia en el barrio y de la juventud compartida en la universidad.
Nos habituamos, Salomón y yo, a concentrarnos en nosotros mismos. 
Hacíamos un culto erótico del alba; luego nos levantábamos temprano, 
íbamos juntos a la ducha y recién entonces me dirigía a preparar el desayuno.
Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; por fuerza de la costumbre cerrábamos 
el negocio sólo un par de horas; Salo no permitía que “hacer los bancos” le distrajera 
ni unos minutos de este momento tan nuestro y a mí no me llamaban aún las telenovelas 
de la tarde.
Lavar la cocina podía quedar para después.
Era importante el tiempo que le podíamos dedicar a la siesta, primera condición 
sine qua non para preservar el amor. Y nos esmerábamos en respetarla.
 A veces llegamos a creer que era el momento más grato de cada día. 
Logramos una envidiable  maduración erótica porque la nuestra era una pareja dedicada 
a cultivar sólo el amor. Claro que habíamos llegado a esta situación después de una 
consensuada y necesaria clausura de la posibilidad de  procrear.
Salo era un hombre nacido para el amor. Cultivaba todos sus detalles, 
sin excesos pero sin desmayos. Yo, en cambio, sentía un placer  especial 
en poner en evidencia mi hallazgo del pecado nuevo que él  había incorporado en 
alguna de sus caricias.
Los sábados los dedicábamos a algún pasatiempo singular.
Era una experiencia religiosa individual. Cada uno por su lado. Fuera de la casa. 
Segunda y tercera condiciones sine qua non.
Decíamos que así enriquecíamos nuestra pareja. 
Yo no sabía qué hacía Salo durante todo ese día y él ignoraba mis actividades sabatinas.
Pero es de nuestro amor del que les quiero hablar, de nuestro amor y de Salo. 
Me preguntaba que podría haber hecho de Salo el amante perfecto.
Existen múltiples ocupaciones que un hombre y una mujer pueden hacer y rehacer, 
pero no así la hora del amor. Fracasada o exitosa, nunca será igual la segunda vez. 
No se puede remendar ni repetir. Quizás por eso Salo y yo poníamos tanto empeño 
en crear y recrear esos momentos.
A veces pensaba yo en lo efímero de la vida humana y entonces lamentaba 
no compartir nuestras vivencias.
¡Cómo no recordar la mirada de Salo, si era la que hacía saltar la primera chispa!. 
Sus manos eran sabias, hermosas y jugaban armónicamente y al mismo tiempo 
que sus labios.
Salo no era demasiado alto, ni corpulento, casos en que los  hombres parecen irse en 
crecer y olvidarse de cultivar las otras virtudes masculinas. Sus piernas fuertes, 
pensaba yo, eran las bases que sostenían tanto vigor.
Me gustaba avanzar por su cuerpo; cada día iniciaba el amor por un rinconcito distinto. 

Cuando Salo estaba dispuesto yo advertía que el nido era grande y tibio. 
No como algunos hombres que conocí cuya puerta de entrada está siempre abierta 
pero no se llega más allá del zaguán por mucha voluntad que se ponga.
Lo recordaré siempre porque fue una señal simple y sin excusas inútiles. 
No casualmente sucedió un domingo, es decir el día posterior al espacio sabático. 
Salo estaba desatento.
Un sonido a muy finos cristales rotos alertó mi oído sensible.
Un sonido que venía impreciso y sordo, lejano, como un ahogado llanto de mujer. 
Lo volví a escuchar pero ya más cercano y entonces creí que era imperioso manifestarlo 
de viva voz:
- Salo, estás ausente.
- ¿Estás segura?
Asentí.
- Entonces deberemos vivir con esto.

No expuse mi desacuerdo. Ese día sentí que mis pasos eran como palomas heridas 
y los de Salo pobres pájaros torpes. Fue penoso de remontar.