EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

jueves, 19 de octubre de 2017

Publicado por Luciano Doti - Diario NCO -

Pesadilla
Diario NCO

Esa noche, Elena oyó a la pequeña Rosita que llamaba con un gemido ronco, un grito de llamada desesperada a la madre. La niña se había dormido después de recordar a Miau, y se despertó abrazada por Elena que la calmaba y arrullaba para alejar de la niña la zozobra de la pesadilla. Otra vez el silencio hasta que la niña con un gemido ronco los sacudió.
Por Ada Inés Lerner
Rosita lloraba desconsolada. Sacudía  las piernas, y una negativa total, un rechazo con las dos manos y todo el cuerpo a  la voz del padre, y José intentaba consolarla sin comprender por qué lo rechazaba con sonidos confusos y gritos de animal que se ahogaba.
Si el llanto se convirtiera en reproche entonces ellos podrían aclararlo, pero mientras la niña callara, todo estaba perdido.
José, sin hablarlo con Elena ni con la niña, apareció una tarde y depositó en el piso una cajita negra de donde partió un débil maullido.
Ante la mirada atónita de sus padres, Rosita se transformó en un lobezno que golpeó la cesta con fuerza contra el muro, con aullidos sin llanto y los ojos enrojecidos, hasta caer desmayada.

La autora: La autora: Ada Inés Lerner reside en la zona oeste del Gran Buenos Aires. Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias antologías de papel y medios digitales. Obtuvo premios y menciones.
Microficción seleccionada por Luciano Doti (Lomas del Mirador). Twitter: @Luciano_Doti

EL NARRATORIO: ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL NRO. 20

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lunes, 16 de octubre de 2017

El Viento Zonda Publicado en El Narratorio Octubre 2017



                                       El viento Zonda
                                                                                   
Una tarde de viento oeste, una tarde que paseaba por los senderos de Parque Leloir escuché que alguien comentaba que Ernestina Godoy y Rufino Pocoví se escondían en los jardines de la Clínica del Parque para intercambiar palabras y caricias que les traía la brisa.
            Y dijeron que Rufino Pocoví – después de muchos inviernos viviendo allí, tantos que ya nadie recordaba por qué había ingresado –  logró que el Doctor Mayor le confiara su jardín, con las flores de estación y de las otras y los paraísos y eucaliptos y acacias y pinos negros, blancos, y muchos otros y que Rufino Pocoví le explicó a su mujer que los pinos tienen siempre verdes las hojas y le regaló varias piñas, fruto de sus árboles amados.
Dijeron que Ernestina vivió con su mamá hasta llegar a una edad mediana y que Ernestina era una mujer buena moza que un buen día intentó explicar a quien quisiera oírla una alocada idea (opinaron los médicos, que de eso saben mucho).  Pues bien,  Ernestina afirmaba  que alguien quería prohibir el viento, el viento aquél de su zonda natal, y que querían prohibirlo sólo porque el dulce viento solía escribir en las piedras pensamientos duros y pertinaces mientras soplaba ardiente en los campos de su sanjuan natal.
Y me contaron que por algún raro designio de la ciencia Godoy Ernestina se encontró un buen día internada en una clínica de los buenosaires; fue allí que le contó al bueno de Rufino Pocoví su loca idea e inmediatamente Rufino Pocoví le contestó que al viento hay que respetarlo, porque algunos le dicen viejo, pero viejo y todo, Ernestina, mire como sopla ese viento suyo.
Luego, no sé cuándo, Rufino Pocoví le contó a Ernestina Godoy, recomendándole eso sí, que no lo repitiera jamás, (porque eso de “jamás” es una forma de decir que tienen los doctores), que él, Rufino Pocoví, estaba seguro que Ernestina tenía razón:
       -  el viento zonda forja las dunas de nuestro cuerpo como en un espejo caliente, con un lápiz perfumado - y modela en las sábanas blancas las formas del deseo - agregó Rufino Pocoví
         Aquí debo reconocer que me dijeron que Ernestina se ruborizó un poco, ella que era una señorita pero reconoció entre suspiros secretos que era así nomás, que el viento arrastra las miradas, las abraza y con los quejidos enciende la ternura entre danzas y que algo crece y decrece en la piel.
             Una tarde en que las gotas de humedad muerden y la ñata contra el vidrio estimula las confesiones, Ernestina le contó a María Veydile (la enfermera del segundo piso) que alguien quería prohibir el viento y le confió sobre Rufino Pocoví;   Mary (que es sólo la enfermera del segundo piso), se escandalizó y le aconsejó que se mantuviera apartada del viento porque es peligroso y está prohibido, que no es bueno para ella.
            Ernestina lo pensó y lo pensó pero decidió seguir los vericuetos del viento y lo vio quebrar las fronteras de las rejas del jardín y se imaginó que debía recorrer mapas ignotos y viajar para siempre como aquel río que dicen que se aleja y no vuelve.
            Enterado el Doctor Mayor, que era un buen hombre a pesar de toda su ciencia, quiso prohibir el viento. Fue entonces que Ernestina Godoy y Rufino Pocoví tuvieron que esconderse entre los vericuetos del jardín (que tan bien conocía el jardinero) pero no sería justo reconocer que desobedecieron del todo al Doctor Mayor ni a la enfermera del segundo piso y solían encontrarse atravesando las sombras quiero decir, andaban por ahí sueltos y se escondían  cuando alguien paseaba por los jardines y sus veredas.
             En la realidad Ernestina y Rufino gozaban viendo cómo los vecinos de una quinta lindante con el oeste (donde nace el viento zonda), hacían su labor bienaventurada, porque no hay tarea tan bendita como la de hacer germinar la tierra pensaban Ernestina y Rufino, y los granjeros además del trabajo de la casa cuidaban los gansos, los perros y  las gallinas y a una torcacita que se refugió bajo un alero y se quedó para siempre y no faltaba día que los tres, Ernestina Godoy, Rufino Pocoví y la torcacita reían de buena gana.
         No se si es importante aclarar que Ernestina era de buena familia – de los Godoy y Godoy como dicen en el barrio -, a la señorita se le notan los modales y el porte distinguido, (dijo la moza del comedor) aunque por estos tiempos Ernestina vaya vestida con ropas gastadas y una mantilla tejida al crochet (color amarillo patito) que le cubre los hombros, y por esa mirada altiva de sus ojos empapados de celestes estrellas y orgullosas primaveras.
            Sí, hay algo entre Ernestina Godoy y Rufino Pocoví dicen las coníferas celosas...     
            Una tarde impecable, a Rufino Pocoví le pareció escuchar que los doctores hablaban de que alguien quería prohibir el viento, dijeron que es peligroso cuando atraviesa las sombras y Rufino Pocoví (recordó que alguna vez, en sus mocedades, había sido músico) y quizás pensó que el viento se desliza como un milagro entre las notas blancas de su verdulera correntina; y también que la música puede parir y crecer como los amores locos. Y creo que también pensó que antes de semejante despropósito casi toda la música nacía del viento; aún en más en la verdulera, aunque los doctores, con toda su ciencia, lo ignoren.
            Y fue para entonces, me parece,  que Rufino Pocoví le contó a Ernestina Godoy que en algún tiempo él, Rufino Pocoví, para pensarse  músico se enganchó en una chacarerata  (antigua de verdad), y después se fue a Europa junto a una chica que también andaba en eso de la canción, aunque él ya había olvidado como se llamaba.
             Y también fue por ese tiempo que un martes de visita llegó la mamá de Ernestina;  fue llegando como si se llevara por los cabellos,  de revoloteo, como gallina ponedora que sólo puede levantar vuelo corto, por el peso de los huevos, digo; se le notaba el alboroto gallináceo en el dilatarse de los ojos y en el movimiento de las manos contrahechas y económicas que a Ernestina le hacían acordar cómo andan a los picotazos los pollitos.  El Doctor Mayor llegó después y entró por el caminito rodeado de nomeolvides, subió el escalón de la entrada, siempre seguido por María Veydile (la enfermera del segundo piso).
           - Comprenda, doctor, - decía la mamá de Ernestina - que han corrido rumores -;  la mamá decía eso, pero en realidad todos sabían que la cuentera había sido Mary que esperaba que las visitas llegaran para largar la lengua y forrar los bolsillos. Sólo Ernestina no le dio importancia porque para mi mamá los chismes siempre fueron una preocupación placentera, dijo.
     -  Yo no me fijo, cada cual hace su vida como quiere – decía la señora -  pero mi hija es señorita y tratándose de una discapacitada, usted me entiende, Doctor - y permaneció de pie, con una sonrisa cómplice, las manos escondidas, como si tuvieran vergüenzas entrelazadas en su espalda.
             Al Doctor Mayor, que no por nada era el director se le dibujó una mueca que solía llevar escondida y aunque no se le nota, Ernestina le conocía muy bien.
           - Me gustaría conversar con usted en privado - y esperó para que sus palabras crearan el suspenso necesario -  permítame  invitarla a mi despacho.
          Ahora si a la mamá se le instaló otro gesto que seguro todavía no conseguía encontrar, lo siguió.  Cuando la mamá salió de la entrevista se le había derrumbado la con cara y todo; claro que Ernestina nunca la había visto así: su mamá tan charlatana que no paraba de hablar esa tarde estaba silenciosa como un poste.
            Creo que fue a partir de esa tarde que el Doctor Mayor le encargó a Lady Godiva (que era la psicóloga rubia) que se reuniera con Ernestina Godoy y Rufino Pocoví y Lady Godiva les dijo que era bueno que los dos se sentaran en la playera, en el parque,  para charlar y charlar. Por supuesto María Veydile (la del segundo piso) contó que, los novios, en seguida se abrazaron y se besaron...  y luego él con una mano... pero que parecía que a Ernestina le daba vergüenza (eso creía Mary) pero que Ernestina no parecía hacer nada por safarse.

               Quizás la mamá de Ernestina no entendió  que las piedras estaban escritas por los vientos, incluso el Zonda, desde mucho tiempo antes. Y creo que fue entonces que Ernestina Godoy y Rufino Pocoví pudieron adivinar que el sonido nacería de la verdulera y crecería entre amores locos y que a nadie más se le ocurriría prohibir el viento.  

sábado, 23 de septiembre de 2017

BIFICCIONES: Raza peligrosa – Ada Inés Lerner & Luciano Doti



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Raza peligrosa 



– Ada Inés Lerner & Luciano Doti:



   Una numerosa y pacífica raza de extraterrestres se ha
mezclado entre nosotros. Algunos han tenido que emigrar a otros puntos del
planeta más tolerantes con su color de piel o sus rituales religiosos. Por eso
varios viven en mi barrio. 
Su programación es muy rudimentaria: parecen venir
especialmente a reproducirse y por eso andan detrás de cada humano que pasa.
Nos hemos visto obligados a proteger a nuestros ejemplares con cinturones de castidad.   Esto no los arredró porque poseen un probóscide flexible y finito. 
A menudo tuvieron que apañárselas lo mejor que pudieron con situaciones bastante peligrosas. Hembras humanas han reaccionado violentamente cuando al pasar frente a los extraterrestres recibieron miradas lascivas. 
  Todo eso ha hecho que seamos considerados “raza peligrosa” y que el operativo de mestizaje interplanetario esté condenado al fracaso; salvo que aparezca una humana despechada y decida aparearse con cualquier espécimen que se cruce en su camino.

viernes, 15 de septiembre de 2017

El rollo que vuela - publicado en Elnarratorio.blogspot.com

 el rollo que vuela                                                           
                                                    
















 De nuevo alcé mis ojos y miré,
                                                      y he aquí un rollo que volaba.
                                                        Y me dijo: ¿Qué ves?
                                                                                                                              Y respondí:
                                               Veo un rollo que vuela, de veinte codos de largo,
                                                                              y diez codos de ancho.
                                                                 Cap.5 – Zacarías – Antiguo Testamento                                                                 

       —Madre Dolores, que en paz descanse… necesito de usted
       —Me sentiré muy honrada, hijo ¿que ocurre?
   —Nada grave, pero he tenido un sueño muy extraño, con cierto misticismo y pienso que usted puede ayudarme a interpretarlo…  —Vea madre, soñé que galopábamos, Zacarías y yo. Ya entrada la noche íbamos al norte,  estábamos apenados, en silencio con esas tristezas de las que los hombres no hablan, ¿vio? Al girar los caballos al este, y a lo lejos, vimos algo que volaba.
      —¿Qué ves, patrón? —me preguntó Zacarías.
      —Veo un rollo que vuela —le contesté yo —Los caballos, asustados, ocuparon toda nuestra atención, no era cosa de quedarnos de a pie. Dominadas las bestias, sin consultarnos siquiera los dos seguimos el mismo rumbo: para las casas.  Íbamos llegando cuando un espectáculo infernal se ofreció a nuestros ojos. Mudos,  asombrados, vimos que era una nave espacial, un ovni que le dicen, bien definida por luces propias; se había adelantado a nosotros. Hombres, mujeres y animales parecían enloquecidos, corriendo de un lado a otro, como  perseguidos por ánimas malditas.
Madre Dolores se persignó.
   Pedro conducía atento al camino como si ahí, en el sendero que marcaba el asfalto gris, estuvieran escritos sus sueños.
  —Los animales de la granja yacían muertos por todas partes Madre, destrozados a dentelladas por los perros.
  —¡Pedro! ésa es una cita del Antiguo Testamento, estoy segura, no recuerdo a qué libro, ni el versículo, pero puedo encontrarlo.
    —¿Vio? a mí me parecía... Los chicos saltaban en un extraño baile de muertos. Todos parecían contagiados del furor que había prendido en los irracionales. Como si Mandinga…
   Ante la mención del Maligno doña Dolores se persignó nuevamente y besó la cruz que llevaba en el pecho.
  —Como si Mandinga se hubiera enseñoreado del pueblo y hubiera querido herirlo con una plaga, la peor de todas: la locura.
  Habían llegado hasta el campo que fuera de sus padres y Pedro detuvo la camioneta, le abrió la puerta a Madre Dolores y la ayudó a bajar. Se sentaron en la sala.  Les sirvieron dos cafés y ya cómodamente instalados:
   —El ovni se acercó hasta que Zacarías y yo pudimos advertir que, efectivamente, se trataba de una nave espacial. Se apoyó en el suelo, se abrió la puerta que daba al este. Nos acercamos sin poder evitarlo, era más fuerte que nosotros. Pudimos ver un salón circular con tres puertas iguales. La disposición, tan exacta  y simétrica, me recordó a un laberinto que recorrí en Cruz del Eje.  Me sentía frente a un desafío del destino: los extraños me daban a elegir entre las tres salidas como si fueran tres dilemas, tres disyuntivas y yo debía optar por una. Los tripulantes nos observaban en silencio, sentados alrededor de una  mesa redonda. Los vi,  Madre Dolores, como la veo a usted ahora...  Entonces uno me dijo: Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; porque todo aquel que hurta (como está de un lado del rollo) será destruido; y todo aquel que jura falsamente (como está del otro lado del rollo) será destruido y dice Jehová de los ejércitos, y vendrá a la casa del ladrón, y a la casa del que jura falsamente en mi nombre; y permanecerá en medio de su casa y la consumirá, con sus maderas y sus piedras... Y salió aquel ángel que hablaba conmigo, y me dijo: Alza ahora tus ojos, y mira qué es esto que sale y  dije:
   —¿Qué es?
   Y él dijo:
   —Este es un día en todo que sale. Además dijo: Esta es la iniquidad de ellos en toda la tierra.
   Y he aquí, levantaron la tapa de plomo, y un calendario estaba grabado allí y él dijo:    
   —Esta es la Maldad; y la echó dentro y echó masa de plomo en la boca del día 11 del 11 de 2001
    Alcé luego mis ojos, y miré, y dos mujeres que salían y traían viento en sus alas, y tenían alas como de cigüeña, y alzaron el vuelo entre la tierra y los cielos.
   Madre Dolores tenía la mano acalambrada de persignarse. Pedro,  sentado a su lado, gesticulaba, contra su costumbre, como si estuviera muy exaltado:
   —Y así, sin hablarnos, sentí que comprendieron que los habíamos entendido; pensé seguro fue nuestro Señor que nos ayudó con ese  Concejo...   Luego volvimos todos los del pueblo, cristianos, monturas y perros, Zacarías y yo,  cada uno a su tarea.

  

viernes, 1 de septiembre de 2017

Escritor invitado: Sergio Varela

Hay otros mundos y están en este — Sergio Varela



   
Aparté con delicadeza de cirujano, o acaso de ladrón descuidista, el ejemplar de El hacedor archivado sin urgencia en la biblioteca, entre otros volúmenes económicos de Borges y Bioy Casares, ofertados como suplementos semanales por un diario que nadie leería en la casa, ni siquiera con ánimo de refutación.
Lo resucité del sarcófago de celofán que lo aprisionaba intacto como una contraseña inviolable.
Después de saborear un bizcochuelo legendario en sus reverberantes perfumes alimonados, y un café con leche callejero no menos memorable, al pie del andén de la estación Ituzaingó, abrí más tarde sus páginas, ya vagamente sentado junto a las puertas de un moderno vagón chino del Ferrocarril Sarmiento.
Y los bastos arrabales suburbanos del Oeste transmutaron en espejos, tigres, laberintos, duelos a cuchillo donde el honor era una música de milonga, cosmogonías apócrifas, Shakespeare, Cervantes, Rosas, Quiroga, Perón y otros sueños.
Al llegar a Once, aquel antiguo escenario de una (otra) batalla perdida contra los ingleses, de aquella al menos la cronología me había concedido, acaso, la ausencia, comprobé que en ese momento yo también padecía de irrealidad, como tantos de ellos.

jueves, 31 de agosto de 2017

Bificción - Ada Inés Lerner y Ana María Caillet Bois

Resultado de imagen para el viejo que saltó por la ventana y se largó
foto tomada Google




                               



                                  Invisible




Cuando él estaba, mi marido, hablaba solo; era el hombre. Luego se fue yendo de viejo y seco nomás. A mí me empezó a ser difícil obtener las palabras de mi pecho, y de soplones ajados, de tanto silencio que habían guardado, desaparecieron. También volaron los recuerdos y la memoria quedó maltrecha y vacía, lo mismo que los hijos, que dejaron de venir. Los adornos antiguos desaparecieron o se fueron rompiendo. Y hasta yo me fuí borrando, como un dibujo ajado por el tiempo y el abandono.

Nadie se percató, porque los viejos se van perdiendo o quedan en un rincón, invisibles; así quedé yo, sorda e inaudible. De vez en cuando sentía cosas, el viento que me rozaba,el calor del sol que calentaba mis frágiles huesos, la lluvia que me mojaba, pero solía pensar que soñaba. Si estaba adentro de la casa no me podía rozar el viento, ni calentar el sol ni mojar la lluvia.

La vivienda, y todo el parque que la rodeaba, se volvieron invisibles, como yo; desapareció el cerco de entrada, ese que estaba rodeado de plantas para no ver el afuera, y los rosales que yo misma había plantado para dar un toque de color a aquella casa, siempre tan oscura como si nadie hubiera vivido en ella, se desdibujaron.


Ada Inés Lerner y Ana María Caillet Bois