EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz - El botellero

viernes, 10 de agosto de 2018

En mi voz - El botellero


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El botellero

   La viuda quita primero la traba superior, ahora abre el cerrojo de la puerta de entrada. Con un cielo sin nubes el sol se luce en una mañana radiante. Ya le llegan el aroma salvaje de un jazmín florecido y el saludo de los pájaros que han anidado en el álamo plateado de la casa vecina.  El tramo que la separa de la reja no le impide seguir atenta el recorrido del botellero en su carro colmado de trastos. Ella cruza un trecho del sendero empedrado entre macetones de fresias y jacintos en el césped profuso del jardín. El tenaz ladrido de Colita le hace presente la advertencia del finado:
   --No abras la puerta, ni a los proveedores ni a vendedor ambulante alguno.
Se arrima el jamelgo en busca del pasto húmedo. El hombre, pequeño, marchito, de edad indefinida, de pobre entrazado la saluda, conserva prudente distancia. Huele como perro entrenado el temor de la mujer:
   --Buenas, doña…
  --Espere. Tengo unas botellas… --la viuda regresa a la casa. Reaparece en el marco de la puerta con dos botellas vacías de un exclusivo vino francés. Camina hacia la reja. El hombre extiende sus manos ajadas, con movimientos lentos y torpes. Sorprendida advierte que los botellones no pasan a través del espacio estrecho que dejan las varillas de la verja. Los dos se detienen. Se observan. Se miden.
   El silencio es un estilete de dudas y ofensas.
   El hombre baja la vista con resignación y se aparta. Simula acomodar las riendas al caballo y sube al soporte precario. Ahora el sol apenas espía detrás de las nubes al tiempo que llega a la esquina de La Cuadra y se oyen gemir las ruedas del carro mientras reparte chirridos y vergüenzas a uno y otro lado de las rejas.

        

viernes, 27 de julio de 2018

Cuento - Un crimen literario -


Un crimen literario          
Lentamente, con sumo cuidado, como quien lamenta desechar una presunción firmemente arraigada, Faustino Vardé cubrió el cuerpo desnudo.     
   Claro que en su dilatada experiencia  policial había aprendido a distinguir y                           controlar sus emociones de hombre bilioso y ardiente,  pero este caso no era igual a los anteriores, ni tampoco a los que vendrán, pensó.
   En silencio, sin quitar la vista de la camilla, hizo una seña al forense y así, sin más, dio por terminada la inspección. Giró sobre sus pies y sigiloso, salió como había entrado. Ni siquiera a si mismo se hubiera confesado su desconcierto. Lo que había visto no era de hombres, carajo.
   El métier le aconsejaba leer los informes técnicos y luego entrevistar a los familiares, seguro que también a algún amigo personal del occiso. Cumplidas estas diligencias se abandonaría en su sillón favorito, mediante una tablita de quesos, una copa de Cabernet Sauvignon 2003  y a cavilar y atar cabos sueltos. 
   El expediente policíaco confirmó la identidad del muerto: en síntesis, libre de antecedentes, empleado jerárquico de una multinacional, costumbres  irreprochables. Soltero, vivía solo en un departamento céntrico, Vardé se prometió unja inspección cuidadosa.  El legajo también decía que el occiso visitaba los sábados a su madre nonagenaria, en un buen instituto geriátrico, y que frecuentaba un club de golf, era habitué a los abonos del Instituto Mozarteum y en ocasiones alguna reunión literaria.
    Podríamos haber sido amigotes, pensó Vardé. 
   Por ahora no le parecía relevante entrevistar a la anciana, y siguió su línea original de trabajo: decidió que al día siguiente, martes, concurriría a la oficina de la víctima. 
   El inspector había estado ausente demasiadas horas de su refugio -  como gustaba llamarlo - pero comprobó satisfecho que la encargada había limpiado y ordenado a conciencia. Toda su ropa estaba colgada y doblada, según sus instrucciones, el placard prolijo y la heladera provista de acuerdo a sus necesidades, incluso había recordado su preferencia por la rúcula…
Mientras pelaba y cortaba en rodajas finísimas una cebolla blanca, repasaba en voz queda los datos con que contaba, se detuvo en las marcas que había visto en la cara de Luigi, como había decidido llamarlo; después lavó y preparó una ensaladita fresca. Concluyó que debía ser investigado, en especial, el hecho que tanto lo había impresionado.  Acto seguido separó el tallo del apio,  y guardó con cuidado las hojas con las que proyectó  una deliciosa consomé de verdura para la noche siguiente. Iba ya por el aderezo con abundante limón y un chorrito de aceite de oliva cuando se le ocurrió que era a todas luces anormales que en el expediente no se mencionara a ninguna mujer que rondaba la vida del occiso.
     Cherchez la femme, pensó. 
    —Voilá! Está deliciosa  —se dijo en voz alta luego de probar la ensalada.
Y concluyó: “Sin duda, se impone una visita al departamento de Luigi”. 
Completó el menú un trozo generoso de queso Fontina y la única copita diaria de tinto que se permitía. Observó su color, percibió el aroma y lo paladeó.  Cómodo. ya instalado, se dispuso a ver una película protagonizada por Meryl Streep.
    —Qué mujer,  debe haber sido una hembra así la que habría elegido Luigi. Inteligente, independiente, desprejuiciada.  ¡Qué pantalón mamita!  Sí, sin ninguna duda, pero ¿qué tendría que ver ella con el crimen? Se conocieron, se encontraban a veces cuando el cuerpo manda, nada de matrimonio o convivencia, ella no lo aceptaría, profesional o no pero se mantiene sola, seguro.      
   Buena, buena película.  Cama afuera, eso sí.  Buena música, también. Ah, es una situación ideal.  Algo raro debe haber,  en todas partes  se cuecen habas. Yo también elegiría una fémina así, Luigi.  Podríamos haber sido amigos, insisto,  jugar al golf, alguna noche en The New York City Bar. ¿Por qué carajo no aparece una mujer entre los conocidos? Sólo el trabajo, la madre, música, libros y el golf.  Buen final.
    —Hora de dormir. Mañana será otro día.
    Macrocentro, torre, todos los servicios, piso 21, palier privado.
   —Vaya nomás, vaya, no quiero demorarlo, luego me muestra la cochera y le alcanzo la llave.  —A regañadientes y con una mueca de disgusto el encargado enfiló hacia la escalera de servicio.
    Un estar en dos niveles con toilettes, office, cocina y comedor diario, luego dos habitaciones, en la más pequeña el escritorio con una importante biblioteca, ¡qué bañazo! Y lo vinieron a matar en el jacuzzi.  Vardé volvió a repasar los detalles del expediente: estaba solo, un tiro en la frente, sin rastros del arma ni huella alguna del asesino, sin signos de lucha ni puerta forzada. El lunes a las 7 am. lo encontró la mucama, hora en que todas las mañanas entraba a limpiar.
   ¡Pobre Luigi! ¿En quién confiaste?, pensó Vardé.
    —Por favor aguarde allí, inspector   —La empleada arqueó su mano juvenil y pequeña para señalarle una salita, algo alejada de las oficinas. 
    Reflexionó Vardé: Demasiado jovencita, a Luigi no le gustaría.  La entrevista con el gerente de Relaciones Humanas y otros compañeros de trabajo del occiso no le aportó demasiado; como suele suceder con los muertos, todos repitieron las mismas palabras huecas, algunos jugaban al golf con él, otros solían visitar su departamento, los más sólo lo trataban en el trabajo.  Dicen que entre los que solían frecuentarlo había dos mujeres de mediana edad, escritoras.
   No creo que fueran tu tipo, Luigi, se dijo Vardé.
   Más por deformación profesional que por otra razón el inspector dirigió el Renault  por la Autopista hasta el centro de la pequeña ciudad, allí tomó el Puente y en pocos minutos llegó al geriátrico. Cruzó el parque de entrada y en el hall tuvo que aguardar demasiado a un hombrecito de edad indefinida que lo miró con curiosidad y recelo:
    —La persona que usted busca falleció hace diez años, Inspector.   
    No lo decía el informe. Estos descuidos lo enfurecían. El tiempo que había perdido, buscaba una evidencia inexistente. El oficial a cargo no se había llegado hasta allí, ni siquiera se molestó en llamar por teléfono.
   Se dirigió a Homicidios y cuando entró a su oficina resoplaba  iracundo por todos los poros. Alguno por ahí lo comparó con un toro en el ruedo. Le faltaba agitar el suelo con la pata delantera antes de embestir. Los oficiales a cargo del caso balbuceaban, y entre los gritos de Vardé y las medrosas palabras de los otros, surgió la versión: Una vecina dijo que se lo había comentado la mucama.
   Cherchez la femme, malició otra vez, después de todo los franceses saben de qué hablan. 
   Esa noche, y tal como lo había proyectado, el inspector Faustino Vardé cortó en juliana una zanahoria, un pedazo de calabaza, un zapallito redondo, una batata, desgranó el choclo, también incluyó el verde del apio, y unas hojas de espinaca. A último momento recordó el puerrito. Mientras la sopa llegaba a su punto justo rebobinó otra vez la película de Meryl Streep.
   Cuando estuvo sentado en su sillón favorito, con la cazuela humeante frente a sí, caviló y caviló, y ató cabos, hasta que Meryl se despide de África y vuelve a Dinamarca.
  
En la madrugada, después de dejar mi lecho tibio y con sumo cuidado, como quien lamenta corroborar una presunción firmemente arraigada, el inspector Faustino Vardé dejó escrito en la Agenda de mi Laptop:
    —¿Por qué le sacaste los ojos? ¿A Luigi no le gustaban tus cuentos?    


jueves, 26 de julio de 2018

Competencia - Ana M Callet Bois Ada Inés Lerner


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 Competencia — 

Autoras: Ana María Caillet Bois, Ada Inés Lerner

Acudí presurosa aquella mañana respondiendo a un aviso de una agencia de trabajo. A pesar de que llegué temprano había dos chicas antes que yo. Puede ser necesario, decirles que soy una mujer joven, de figura agradable, con título universitario y regular manejo de dos idiomas extranjeros. Me interesaba ese empleo y comencé a pensar seriamente en la forma de “deshacerme” de mis dos rivales, cuando más de una.
   Siempre llevo en mi cartera lo necesario para una eventualidad. Le avisé a la jovencita que estaba delante de mí que iba a comprar pastillas, que me guardara el puesto. Crucé a poner en orden los elementos necesarios para deshacerme de mis dos rivales, nada de matar a nadie, simplemente lograr que se retiraran.
   Volví a mi lugar en la fila, a la joven que estaba delante por un descuido mío el paraguas se enganchó entre sus piernas y le rompió las finísimas medias por lo que se retiró sin aguardar. La otra entró y salió, ¡vaya a saber porqué! Con mi traje sastre muy elegante fui llenando las solicitudes y contesté las preguntas que me realizaba el entrevistador.

  Llamó mi atención que al terminar me dijo que por la gran cantidad de aspirantes cobraban un mínimo de 100$. Los pagué y salí a esperar los resultados. Quedé para el puesto y a la mañana siguiente cuando me presenté al trabajo no existía ni la agencia, ni el portero, ni el entrevistador. 



























domingo, 15 de julio de 2018

Persistencia - Algunos textos rescatados con "Calibre" y esfuerzo

Fin del mundo

El 21 de diciembre de 1999, a la hora en que nadie lo ve, busca la silla más alta, la empuja hasta el mueble de la sala y se encarama. Abre los cajones más altos para usarlos de escalones. Sin hacer ruido, baja el enorme paquete del estante más alto confirmando lo que le dijo su compañero de banco sobre Papá Noel. Se sienta a abrir su regalo pensando que Carlitos probablemente tenga razón también sobre el 31 de diciembre.

Juego americano

Persistencia JUNIO 2017
Desde México hasta Tierra del Fuego, desde los Andes al Atlántico, por más de cinco mil años la piedra fue amiga del indio. De piedra eran sus casas, sus armas, sus templos, sus utensilios.
Piedra dura como su vida, piedra a la mano de aquel que la necesite. Madre Piedra.
Desde México hasta Tierra del Fuego, desde los Andes al Atlántico, por más de quinientos años la tierra se fue poblando de Biblias. Papel cubriendo la tierra, una religión destruyendo a otra, una cultura devorando a otra.
Papel en Biblias, en edictos, en leyes, en comunicados, en decretos. Papel mensajero del conocimiento y la civilización. Papel Nuestro.
Desde México hasta Tierra del Fuego, desde los Andes al Atlántico, por más de cincuenta años, gran parte del siglo veinte transcurrió entre tijeras. Cortaban películas, cortaban textos, cortaban voces, cortaban vidas.
Tijeras marchando con paso marcial por las calles, más preocupadas por andar derecho que por no lastimar con su filo. Señor Tijeras.
Papel envuelve a Piedra.
Tijera corta Papel.
Piedra rompe Tijera.
Diez siglos de historia americana reflejados en un simple juego.


Graciela Rapán es escritora y de Bernal, provincia de Buenos Aires. En 2013 publicó su primer libro de cuentos, Peregrino de la Medianoche y en 2016 publicó A veces veo cosas, libros de miedo para niños de 9 a 12 años. Participó en las antologías Pelos de Punta (2015) y Buenos Aires Fantástica (2017, en proceso de edición). FB: https://www.facebook.com/GracielaRapanEscritora y https://www.facebook.com/PeregrinodelaMedianoche/
Monstruosa decepción

Veneno corrosivo debió fluir de sus órbitas cuando le arranqué los ojos después de conocer las atrocidades que había perpetrado. Solo sangre roja y común, como la tuya y la mía, asomó.

Misandria - En mi voz


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Misandria

      fem. dícese del fastidio que  provoca en algunas mujeres
    cierto animal bípedo implume del género masculino
de la raza humana. ú.t.c.s.

     Desde tiempos inmemoriales hemos desandado penosos pasillos de bibliotecas cómplices, consultando tratados de conspicuos contenidos.
            ¿Por qué? podrían preguntarnos. Creemos que la mejor respuesta es que hemos decidido reconstruir, desde la literatura y con justicia, el idioma que amamos. Es este un plan tan extravagante y asombroso que vamos a necesitar de la contribución de cada escritora/or que desee aportar a posteriores ediciones y a otras ya desaparecidas.
            Quizás el vocablo que hemos elegido sea culpable de adjetivar  en exceso. Puede ser. Creemos que si hoy nos ocupa y preocupa es porque sugiere dos términos pertinentes a nuestra situación: en primer lugar cita a la familia de una trémula y afinada pajarilla entrerriana (........andria) y en segundo lugar a una melodía religiosa del África virgen (misa..........).
            Nada en su sonoridad pre-anuncia y de-nuncia la enorme crueldad que se ejerce sobre uno de los géneros más generosos de la raza humana. Es notorio analizar que este vocablo se puede utilizar como sustantivo ya que es un hecho que puede (debidamente) dar sustancia al sujeto.
            En la literatura subsistente, dominada por siglos de oscurantismo machista, el término “misandria” ha sido injustamente sepultado por la preocupación ilusoria de la pertinente Academia por incluir conceptos, a toda vista nubes de humo, con el pretérito concepto de sustentar la desaparición indefinida de nuestra identidad femenina.
            Una de las escuelas lingüistas que más ha investigado la conveniencia de incluir la voz misandria en el uso diario de la lengua, ha sido la liderada por la abajo firmante.      Si alguna/o de nuestras/os lectoras/es se siente inclinada/o a continuar en esta huella, le sugerimos integrarla a su objeto poético, a fin de abonar a un proceso y no ser copartícipe voluntario (ahora que ya lo sabe) de un pasado irrecuperable.
         Para quien se sienta escandalizada/o le recordamos que ya “Segismundo Froid“ hablaba de la envidia del clítoris que desvela al macho de la especie.  Deseamos contribuir a fundamentar este postulado científico (con el único fin de apostar al esclarecimiento del tema), que la envidia la genera (en el mismo espécimen) la posibilidad de la maternidad sólo por el género femenino, y que dicho ejemplar está demasiado atento a “ocuparse en destruir aquello que no se siente capaz de construir”.
            El primer y único proyecto en este sentido que nos ha llegado a través de la filosofía  fue propuesto por Platón,  sabio ermitaño, analfabeto y funcional, que en su dialéctico colérico lo definió ajustándose a su perspectiva, a fin de influir en la realidad, cuando se calificó a sí mismo como un  “animal bípedo implume”.  


            Hasta aquí una síntesis de nuestra postura, sustentada en principio, en una  traducción apócrifa del Journal Femenil de La Banda Roja.

domingo, 24 de junio de 2018

Noche de San Juan - Cuento de Luciano Doti


                                                                           Resultado de imagen para caballos alados de tarquinia 




Noche de San Juan
por Luciano Doti
Las ferias han sido desde antaño un ámbito en el cual se dan cita las expresiones más populares de cada tiempo y lugar. En la edad media tuvieron su apogeo, siempre vinculadas al sentir religioso. La de la Noche de San Juan fue acaso la única que logró sobrevivir hasta nuestra era. Su origen se remonta a la Europa pagana, no por nada solía coincidir con el solsticio de verano, y aquí con el de invierno; esto último le ha dado un tono tipo Halloween del sur. Decenas de leyendas se asocian a esta festividad.
Por aquellos días, se celebraba una nueva edición de la Noche de San Juan. Ahora, mientras escribo esto, no puedo recordar con exactitud si era esa noche o ya había sido la anterior, o la próxima; por eso prefiero decir que fue por aquellos días. Más teniendo en cuenta que la celebración cae casi encima de la del Nacimiento del Sol, de origen incaico. Y a veces ambas se unifican.
Me hallaba yo en la Feria de Mataderos, ese día había muchos números artísticos dedicados a ambas fiestas, aunque la de los aborígenes tenía epicentro en la Reserva Ecológica. Bebí bastante. Un poco había empezado a hacerlo yo solo, pero luego me encontré a unos amigos, y la ronda de vino patero y empanadas continuó extendiéndose. Como un regreso rutilante al medio-evo, me entregué a un pantagruélico festín. Tinto va, tinto viene, iba adentrándome en un soporífero trance, bajo la orbita de quién sabe que ídolo. Pudo ser, Inti, Baco o cualquier otro dios. De seguro no era Dios, no Jehová, pese a la invocación de San Juan.
En qué momento me sentí inmerso en ese océano sin tiempo y lugar en que habitan los seres que salen en la noche a atormentar las almas penantes, no lo sé con propiedad. Esta historia tiene más dudas que certezas al respecto. Quizás en esas dudas sobre el tiempo radique la principal certeza, ya que la ausencia de un orden cronológico indica la entrada a una dimensión diferente a la que habitamos en cuanto cuerpo. Estoy sí convencido de que había llegado a la feria de día, y que para entonces era ya de noche. Brillaban fulgurantes las fogatas encendidas en toneles de metal colocados para la ocasión. El rumor de la gente era un murmullo envolvente, cargado de una atmósfera siniestra. Me quedé atónito observando tal enjambre de personas, objetos y expresiones culturales; comidas cuyos aromas impregnaban el aire, un partido de fútbol improvisado en plena calle con una pelota que ardía en llamas, jineteadas… A lo lejos se oía el galopar de una tropilla de equinos, un eco distante que a cada segundo se volvía más y más próximo. Cuando ya estuvieron junto a mí, me di cuenta de que las bestias no eran simples caballos, ni los jinetes personas comunes y corrientes. Las bestias eran más bien una especie maldita, que pretendiendo emular a nuestros nobles equinos, se les mimetizaban sin alcanzar a ser iguales, principalmente porque éstos tenían alas. Los jinetes serían los del Apocalipsis, ¿quién sabe?; estaban enmascarados y no hacían más que galopar en círculo, en rededor nuestro, contemplando las fogatas. Después levantaron vuelo. Yo seguía observando, atónito. Un poco porque el consumo de vino me había quitado las ganas de hablar, experimentaba un estado de narcolepsia, frecuente en tales circunstancias, y a eso se le sumaba que esos jinetes y sus bestias me habían robado parte de mi voluntad, me habían despojado de toda fuerza al remontar vuelo.
Pasaron el resto de la noche volando también en círculos. De vez en cuando alguno se mandaba una caída libre hacia nosotros para luego regresar al aire, describiendo una suerte de “U”. En cualquier caso, no lograban tocarnos. Finalmente, el amanecer los disipó.
Es una noche mágica la de San Juan, desde el medio-evo se la ha elegido como celebración cargada de misticismo. Cuenta una leyenda que viene de aquellos tiempos, que en la región del antiguo reino de Asturias, unos caballos con alas y de diferentes colores suelen sobrevolar los campos montados por misteriosos jinetes, y los pastores encienden fogatas, ya que es creencia popular que el fuego es el mejor antídoto para ahuyentarlos.

lunes, 18 de junio de 2018

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO: El brujo y los demonios – Luciano Doti, Sergio Gau...

 El brujo y los demonios – 

La fama del brujo había trascendido por toda la región, y yo fui a su guarida acompañando a mi amigo Leandro, a quien le habían aconsejado ir a verlo por un tema de amores contrariados. El viejo era de raza negra, o al menos mulato; al parecer eso hacía más creíble que fuera poseedor de un saber que, supuestamente, los blancos occidentales ignoramos. Mi amigo hizo su consulta en primer lugar, y me convenció para que luego le siguiera yo. El viejo me miró fijo, sin pestañear; tenía la vista como perdida; estaba, o fingía estar, en trance.
—Debes luchar contra tus demonios interiores —dijo al fin.
—¿Perdón? —No hizo ninguna aclaración, dando por hecho que lo había escuchado bien.
—Si no luchas, ellos te dominarán. Y si lo haces solo, sin la ayuda de un experto, no se irán tan fácilmente.
—¿Entonces?
—Yo te puedo ayudar haciendo un “trabajo” de liberación, para que esas entidades no te molesten.
—Nunca he notado que me molesten esas entidades…
—Tus problemas y nerviosismo se deben a ellos —insistió el brujo.
Quedé en que, si acaso decidiera hacer ese “trabajo”, regresaría, pero tenía que pensarlo. Créase o no, el poder de la sugestión de estos sujetos es muy grande, y durante los días siguientes comencé a pensar, y acabé por sentir, que lo que me había dicho el viejo reflejaba algo que en verdad me molestaba. Estaba un poco amoscado porque no me gustaba reconocer que un desconocido fuera capaz de ver en mí cosas que guardo celosamente y tampoco estaba dispuesto a admitir que me hablaran de mis demonios interiores. Había evadido recurrir a un psiquiatra o psicólogo profesional y me decía a mí mismo que todo estaba bien, que tenía un buen trabajo, que no me iba nada mal en la vida. Pero ahora este brujo andrajoso…  me recordaba algo que yo quería olvidar. ¿Olvidar qué? Que Mariela había desaparecido, que quizás había muerto. La busqué durante mucho tiempo y no encontré rastros de ella en ninguna parte; los amigos en común eran incapaces de darme datos fidedignos sobre su paradero y nunca había regresado a los lugares que solíamos frecuentar. Lo único extraño era que la vida seguía como si nada hubiera pasado, como si el 18 de agosto de 1994 nunca hubiera existido. Ese día fatídico habíamos firmado el contrato de propiedad de un departamento para irnos a vivir juntos. Pero no hubo futuro, solo seguir y seguir, una sobrevida absurda y sin sentido. Ese duelo marcaba mis horas. Y el brujo maldito que sacaba a relucir el asunto de mis demonios interiores.
Me encontré con Leandro a tomar un café. Después de todo, él era una especie de cómplice de mi incursión en el submundo de la brujería.
—Hay que creer o reventar —dijo Leandro para romper el hielo. Pero yo era un hueso duro de roer.
—¿Qué querés decir?
—Que el negro dio en la tecla, quiero decir. Me solucionó todos los problemas. —Me miró extrañado—. ¿Qué te pasa a vos? Es como si no pudieras aceptar lo que salta a la vista.
—¿Ah, sí? —dije—. ¿Y que salta a la vista?
—Que arrugaste cuando estabas a punto de irte a vivir con Mariela, que la asesinaste para no enfrentar el drama existencial que te mortifica.
—¿Estás hablando en serio? —Empujé el cuerpo hacia atrás y la silla chirrió al frotarse contra el suelo de mosaicos del bar.
—Estoy hablando en serio, Marcelo.
—¿Quién te dijo eso?
—Tus demonios interiores se lo dijeron a los míos.
No podía creer lo que estaba escuchando de boca de mi amigo, y lo hubiera estrangulado a él también si no fuera porque los demonios interiores, saliendo por todos los orificios de mi cuerpo, me aferraron los brazos y piernas para impedirlo.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Luciano Doti
Sergio Gaut vel Hartman