EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

domingo, 15 de abril de 2018

EN MI VOZ Los vestidos de novia




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Los vestidos de novia

Ese lunes amaneció brumoso y frío.  Rosita Yamaní, modista sin título y bordadora calificada evaluó, con ojos de experta, la tarea que le esperaba: en un maniquí un vestido de novia para la señorita Mercedes; en el otro, uno terminado que apenas se entreveía,  protegido del polvo.  Se puso el delantal de trabajo con el alfiletero colgado en la cintura, el centímetro al cuello y se alejó un poco para observar la obra en su totalidad.  Rosita era menuda, morena, con una expresión de distancia, como si mirara hacia adentro.
            Con la tela dispuesta se sentó frente a la máquina,  enhebró de un solo movimiento y cuando tuvo acomodadas con firmeza sus manos pequeñas alrededor de la aguja, sólo entonces su pie en la pedalera comenzó el vaivén.  Al parecer estaba concentrada pero no dejaba de observar a su alrededor aún con la vista fija en la costura.
              Al promediar la mañana hizo una pausa para espiar, por la puerta abierta, al sol que comenzaba a pintarse entre la niebla que huía. Pensó con alivio que si el día continuaba así tendría luz hasta entrada la tarde. Decidió que podía tomarse un descanso, un breve descanso para prender el mechero y calentar la matera. Coincidiendo, como instrumentos en un concierto, entró una jovencita.
            - Buen día tenga usted, Rosita
            - Buen día, Lucía, ¿cómo está tu mamá esta mañana?
            - Mejorcita,  gracias a la Virgen. Aquí le traigo el tocado que faltaba, el de la Señorita Mercedes.
            Rosita levantó la cabeza y observó con cuidado las delicadas flores bordadas al tul.
            - Se lo probará cuando llegue, dejálo sobre la mesa. Cariños a la mamá, que continúe la mejoría - y la siguió con la vista hasta que Lucía desapareció tras la puerta entornada.
            Volvió a concentrarse en su tarea, y así continuó sin pausa hasta que advirtió que el sol estaba en lo alto porque en el umbral se recortaba la figura de una esbelta mujer, que obstruía su luz.
            - Buen día, Rosita - dijo la recién llegada
- Buen día. - La modista le extendió el vestido aún tibio como pan recién horneado. - Pruébese - le dijo. - Detrás del biombo encontrará lo necesario.
          Desde ese lugar privilegiado, y creyendo no ser vista, Mercedes tuvo la verdadera dimensión de la pobreza de la costurera. No pudo evitar un estremecimiento al advertir la humedad en las paredes y los rastros que ésta había ido dejando en el mobiliario barato. Aún así el aroma a lavanda envolvía todo. Mercedes reapareció en el centro de la pequeña habitación, y la iluminó con todo el resplandor de su vestido blanco.
Rosita la ubicó frente a la puerta, en el centro de la luz. A sus espaldas el espejo de pie las duplicaba. En silencio observó los detalles, tomó distancia para ver mejor, se acercó para colocar alfileres aquí y allá mientras hacia girar a Mercedes, empujándola suave. 
- No podrá estar listo antes del viernes - dijo la modista
- ¿Por qué?
- Porque se necesita otra prueba el jueves.
Mercedes no pudo sospechar malicia en los ojos de Rosita, sólo aquella mirada esquiva que la hacía sentirse intrusa.
- Qué macana, che. Bueno, pero igual te lo dejo pago - Puso unos billetes sobre la carpeta de la mesa y agregó: volveré el jueves.  Apresurada Rosita los guardó en el bolsillo del delantal.
Mercedes, detrás del biombo, se cambió. Murmuró algo cuando se pinchó varias veces pero Rosita no se inmutó. Estaba muy ocupada destapando con cuidado el otro maniquí, como si en ello le fuera la vida. 
- ¿Para quién es ese vestido? - preguntó la clienta
- Para mí
Ahora sí Mercedes no disimuló su intriga. Miró con detenimiento el vestido; notó que estaba  bordado y finalizado hasta el último detalle.
- ¿Cuándo te casás?
- Pasado mañana
A Rosita le pareció que el espejo le sonreía cuando Mercedes, ya bajo el dintel de la puerta, atinó a volver un poco la cabeza:
- ¿Y con quién, si puede saberse?
- Con su novio, señorita Mercedes. 
                                                                                               



viernes, 13 de abril de 2018

ELLA



: Ella - 




Mi cuñada encabeza la procesión.
En realidad, primero va el rabino orando. Él... Ella...
Me conmueve ese cementerio.
El desamparo en que quedan los muertos; debe ser la falta de árboles y los nubarrones que enlutan el cielo y lo acercan, amenazantes, sobre nuestras cabezas apenas cubiertas, por una mantilla y el kipá.
El rabino le rasgó el abrigo a ella y luego las condolencias. Yo amaba a mi hermano y lo he cuidado por más tiempo y con mayor dedicación.
Y aquí está él.
Todos se retiran.
El rabí dice: por el camino del dolor se pasa una sola vez, cuando se ha amado.
Ella… no...

...


jueves, 22 de marzo de 2018

De cuando Aurora aprendió a rezar -- En mi voz

                                                                                                                                                  
De cuando Aurora aprendió a rezar
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tomado de Google imágenes
Y fue así que el Tirifilo Gadea aprendió con su tata el oficio de cuidador del santuario.  Desde que se le legara dicho cargo, con prebendas y autoridad, el Tirifilo no ha descansado hasta dotar al santito de todo lo mejor.
En principio declaró su devoción a cuanto cristiano se le cruzara; también se hizo tatuar la imagen venerada en lugar bien visible. Ya debidamente identificado, buscó al mejor imaginario de la comarca. Lo encontró recluido por perpetua, pero eso no lo arredró. 
--No era custión de achicarse, ¿ha visto?
Y lo contrató.
El asunto es que el Tirifilo llevaba su mate al corral y mientras ordeñaba a la Aurora, en momentos de concentración especial, le pedía al santito por el artesano preso.  Promesando al santo logró la libertad del condenado.
Tanta devoción alejaba a las chinas de su rancho de corteza de urunday.  A las mujeres no les gusta la competencia en las sinrazones de la fe, como a los hombres en las razones del poder. 
Una mañana el Tirifilo escuchó el silbido de las almitas que, como todos los del oficio saben, es señal de peligro:  en efecto, la creciente amenazaba el rancho del susodicho y el santuario del protector.  Una vez más, el cuidador y el santo, debieron huir por la orillita del camino:  
--Hasta l’Aurora aprendió a rezar, pa’ no ser menos ¿ha visto?

jueves, 15 de marzo de 2018

El Narratorio N 23 Enero 2018 El vendedor



El vendedor

–Lotes en Marte, pronto partirá la nave, a diez pesos cada uno  --el niño, vestido con ropa de  algún finado (que era de mayor talle), los dedos de los pies fuera de unas zapatillas que siempre le han quedado chicas, carita iluminada con ojitos de hambruna añeja recorre la taberna portuaria y deja en cada mesa unos papelitos que pasa a buscar luego y controla si el supuesto cliente falla –Déle, don, es un viaje corto y ya va reservando su lotecito.
–Gracias no tengo interés – Gideon se siente desdichado porque el niño no lo mira de frente, ¿su respuesta no es importante? Es la primera sílaba que acudió a sus labios. No tiene intención de lastimar al niño con una negativa.
 –Mire que la nave ya está por salir, podrá ubicarse donde quiera y recién se está poblando el planeta rojo, estará cerca del Super Chino, de los cines –repite el precoz vendedor sin mirar a nadie en particular y la vista fija en la mesita mugrienta y los platitos con algunos restos. Lorenzo observa al niño como si no lo hubiera escuchado y le tiende los palitos salados que el rapaz devora al instante. —Déle don, -- el niño se vuelve a Lorenzo. Lorenzo le acerca unas aceitunas flacas y arrugadas que desaparecen – será dueño, con su amigo, de un lote para un bar – la mirada abarca el local… más grande que éste.
—Eh! mocoso, ¿qué te pasa? encima que te dejo entrar –protesta el tronpa detrás del mostrador. La panza no lo deja acercarse al escaño y la diabetes ya le ha atacado las piernas, así que se bambolea con un ritmo irregular según el dolor. No escucha gran cosa y ve menos. El aludido, como si no hubiera registrado que se dirigen a él se vuelve al tercero en la mesa.
—¿Y usted, señor? --la diferencia en el trato la hace el viejo fieltro que tapa la calva de don Ferro y su chaleco rayado bajo un ropaje que no se caracteriza por su armonía. La camisa ostenta el cuello despeluchado y las mangas no aparecen por ningún costado —usted que es un señor querrá tener una parcela mayor en el centro mismo.
    Don Ferro, elevado de categoría por el rapaz, quiere ser generoso y le estira su jarra de cerveza.
    —¡Animal! los chicos no… Sin dudarlo el vendedor traga de un sorbo los restos de la bebida. Esto fue algo imprevisto a más no poder, aun sin ser una iglesia. Lorenzo se siente un tanto azorado, pero también nota que le suda la región baja de la espalda, justo por encima de su cinturón de cuero de ocasión.
   —Pibe ¿Las llevas encima? – murmura Lorenzo.
   —Sí, don, la nave ya da vueltas – el vendedor hace un aspa con un brazo – y da vueltas y más vueltas y da vueltas sin parar, y así pronto partirá sin tiempo hacia el futuro.
   —Sí –contesta Gideon –tomá diez pesos para que de vueltas sin fin.
   —No gracias, don, señor, no pido limosna –como si fuera a partir ya a velocidad supersónica –, gira y gira. Pueden verla en la esquina…
   Don Ferro no supo dónde meterse. Incapaz de sonrojarse, fue más copioso su sudor.     
   Nunca le había ocurrido nada como aquello, jamás. Se sentía desarmado, desmontado del caballo, y triste. Los ojos de todos ellos, los estibadores de hombros encorvados, los ferroviarios enzarzados en un truco tramposo o haciendo eses de camino a casa quedaron excluidos del todo, o tal vez aún mejor, eran del todo desconocidos y mucho más terrible, los ojos del niño se han clavado en él. Gideon sintió el rabo entre las piernas. Se le conocía allí dentro, en el sentido de que su grotesca apariencia externa tiempo atrás había dejado de contrariar y distanciar a los camareros. Aquel condenado chaval, con sus trapos y su presencia magnética los tenía a su merced.
   –No –farfulló Gideon –no, muchas gracias, esta noche no, gracias.
   –Sólo me quedan las últimas se las dejo por nada, yo también parto, ¿para qué quedarse, no le parece, don?
   –¿Y cómo sabré – musita Lorenzo con un hilillo de voz – que no me estás metiendo el perro?
  --La nave gira y gira y nos promete un futuro mejor...
  –Dios lo bendiga, señor  –el niño hace ademán de marcharse.

   --Eh –exclama don Ferro –que me debés las entradas… me debés dos.

miércoles, 17 de enero de 2018

Cuentos Breves de mi autoría

Arte contemporáneo - Google




— Estrella —  
Al fin paró de llover, piensa mi ángel.
Esta noche, la luna me acompañará con su luz en la humedad de la tierra.
Se pueden sentir más frescas y brillantes las hojas.  Las guías de la hiedra avanzan con pasos desordenados. Bajo los pies de ella hierve la vida, la vida que la rodea, la desconcierta, lentamente la envuelve y la abduce hacia una estrella lejana.


 – Amor –
¿Ese ruido?  
Es una cortina que le tejiera la abuela:  los nudos del crochet se reproducen como la enamorada del muro cuyo único objetivo es crecer, cubrir la pared y crecer, resguardar la puerta y crecer, sujetar sus piernas y crecer, arropar su cuerpo y abrazarla amorosamente.



 -- Objeto de deseo -  
Rauda y elegante pasó, la perseguí del baño a la cocina con deseo y ardor, cada uno tenía una función y lo estábamos haciendo cuando logré arrinconarla entre la pata posterior de la cocina y la heladera.
La oí gritar ¡Piedad!
No me conmovió y seguí hasta matar a esa cucaracha.

lunes, 15 de enero de 2018

Breves no tan breves: Teatro – Ada Inés Lerner

 Teatro – Ada Inés Lerner





.—Así, algo así, adviene con los zombis
—señaló el antropólogo Ernesto Sabes—, criaturas de origen vudú, ajenas al
lenguaje y el deseo. Esto fue producto de una situación ajena a sus deseos pero
necesaria para enfrentar a su enemigo. Atrincherarse bajo tierra para emerger
desde ahí y poner en fuga a los invasores. Claro que ya no volvieron a ser los
mismos.


El público, la mayoría estudiantes blancos,
algunos indiferentes, otros horrorizados, permanecían en silencio durante la
hora que duró la conferencia.

—Ahora son indiferentes y harapientos —continuó el científico—, víctimas de
pócimas o de magia, los zombis son una multitud sin liderazgo. Y transitan
sordos a lo que no sea su hambre de carne humana…

Un murmullo se levantó desde el público hasta convertirse en un grito de
horror, dos seres como los descriptos por el antropólogo se dirigían hacia él
con un gemido nauseabundo. La sola presencia de los sujetos en el escenario
hizo huir a un público delirante, sin que nadie volviera la vista atrás.

El antropólogo tendió sendos billetes a los dos actores, recogió sus
pertenencias y los tres se alejaron por la puerta trasera del salón.