EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

lunes, 20 de junio de 2016

Le tengo miedo a la muerte - Ada Inés Lerner









Llegué al cementerio casi empujado por mi tío paterno y mi padrino, y dado el compromiso afectivo con los muertos presentes en esa
ocasión. 
Amén de los mandatos que vienen cargados por los ancestros.

Sí, muertos en plural.

Eran tres.

La historia de esta triple tragedia no comenzaba con un accidente
automovilístico múltiple.

Fue por este caso que comencé a temerle a La Muerte.
Deben saber los lectores que soy un joven agraciado que
pretende seguir estudiando la carrera más larga que se conoce, Diplomacia, con
una noble idea: que mientras mi padre continúe sufragando mis pequeños gastos.
Como les contaba al principio llegué al cementerio por
una amable invitación de mi tío paterno y mi padrino. que no ahorraron
improperios en la invitación:

—Zoquete, vago, ni siquiera caído del catre, se murió la cotorra de tu tía, el
perro de tu papá y la gata de tu mamá y ¿ni siquiera movido por el amor filial te negas a acompañarnos al cementerio?.

—¿Se murieron los tres? ¿Quién fue el asesino?

—Yo, la Muerte

Desde ese día le tengo miedo a entrar al cementerio, a mi padrino y a mi tío
—el Loro—. 

La Muerte camina al sol - Ada Inés Lerner











Habrá quien me crea, y quien no.

Aclarado este punto les relataré mi encuentro con La Muerte.

La encontré en una plaza de Ituzaingó frente a un damero dibujado en la pequeña
mesa de piedra. Algunos juegan ajedrez otros damas, yo quiero jugar con Mi
Muerte. La reconozco porque es parecida a mi. Nos une un destino de mujer. Me
conmueve cierta mística, cierta creencia: ella muere un poco con cada una de
nosotras.
Me siento frente a ella para conversar, si ella quiere,
claro.

Ella está allí atendiendo cartas y correos electrónicos: pedidos por enfermos y
desahuciados. También hay algunos que quieren saber cuándo, cómo, dónde. Lee a
todos con la misma dedicación, se nota que es un trabajo que la apasiona. Me
repito: yo estoy despierta y viva y soy la única en este lugar que la reconoce.
Se ve muy delgada y tiene esa presencia mágica que todos le otorgamos. Siempre
se negó a envejecer. Desde que tengo memoria he visto que la han retratado
vestida de negro, el mismo rostro enjuto y una profunda determinación Divina en
el gesto.
Se dice que se la llevó un amor no correspondido en el
principio de los Tiempos. Pero el Tiempo es una convención humana o ¿no? Se fue
y volvió: su Superior le ha encomendado una tarea y ella parece necesitar más
tiempo que la eternidad.
Hay una cierta pausa sin prisa en este encuentro fortuito.
Me siento sin pedir permiso ¿qué hago yo aquí? y me doy cuenta que estoy
emocionada y que mis pensamientos están desordenados y confusos. Yo también
quiero sabe. Tengo derecho, tuve hijos, planté árboles y escribí libros. Quiero
aprovechar esta última oportunidad que me da la vida, para conocer mejor a esta
mujer. Aunque a veces creo que es un mito.
Ahora debería lograr interesarla en mis preguntas y escribir
un buen cuento, aunque sea el último, que me perpetue aunque sea póstumo ¿y
entonces? ¿A quién le va a interesar el reportaje a La Muerte? Por muy célebre
que sea. Todo el aplomo del primer impulso se desarma en mi interior. ¿Cómo
abordar a esta Muerte célebre?.
Busco apoyo en el respaldo de la silla y me enderezo un
poco; me la quedo mirando seria, sin poder articular palabra. Ella sigue
concentrada en lo que hace. Repite la lectura buscando vaya a saber una qué
secretos. Todos los movimientos los hace con calmada precisión. ¿Es esta una
intromisión de la vida en la eternidad? ¿Yo desapareceré de pronto?
Pierdo de a poco la timidez y sigo observándola casi con
descaro. ¿Cómo serán los pensamientos de La Muerte? Ella me mira, sorprendida,
por encima de sus papeles:
—¿Compañera? —me dice
Estoy confundida. Yo no estoy muerta. ¿Deberé decírselo?
Creo que ella lo sabe. Sonríe. Me mira inquisitiva.
Ante mi silencio ella toma la delantera:
—Estoy perpleja.—dice.
Comienzo a sentir algo parecido al miedo
—Viniste por mí o por vos?
—Yo… señora … creo haber cumplido mi misión —estoy
parapetada en un rincón de mí misma— y estoy enferma, ya no puedo ser útil como
antes, más bien soy una carga.
—¿Me equivoco o preferís morir a bajarte del caballo? —la
ironía me hace sonreír—
—Algo así…
—¿Crees ser dueña de tomar esa decisión ¿te corresponde?
—Soy dueña de mis decisiones, no me ata ninguna fe que me
contradiga, doné mis órganos, dejé los papeles en orden, no le debo nada a
nadie.
—¿No tenés miedo? ¿A lo desconocido? ¿Al más allá?
—No, no creo en un dios que castigue, no creo en los
castigos divinos, tampoco creo merecerlos, no he sido una santa pero tampoco he
hecho daño intencional a nadie. Mas bien tengo curiosidad. Quiero ver el
universo desde esa visión. Lo que he visto acá... se repite desde que se escribe
la historia
—Como suelen decir ¿“no hay nada nuevo bajo el sol”?
—Yo creo que sí, que hay mucho por ver, por aprender. Debe
ser como un viaje espacial entre las galaxias.
En eso caigo en la cuenta sin saber por qué, mi tiempo se
termina. ¿Sabe ella quién soy? ¿Será que a pesar de los muchos años que
representa el personaje de La Muerte, se niega a abandonar sus ideales? No
conozco su pensamiento, sólo por sus actos. Murmuro:
—¡Pero usted... está hablando conmigo!
—No le digas a nadie que me viste. No te creerían o lo que
es peor sí, y quizá como yo debas afrontar la calumnia, la injuria, la infamia.
Ella mira su reloj. Mi tiempo se terminó.
—Señora, ¿qué pasará conmigo? ¿puedo verla otra vez?
—Sí, claro, voy a llegar en el momento preciso. Lo único que
te diré es que hay muchas vidas y muchas muertes, habrás muerto con cada
pérdida y luego renaciste y fuiste otra mujer, una y otra vez. Cada una muere
como vive, no tienes nada que temer.



Despedida - Ada Inés Lerner





                                                                                                                                                                       "El camino del dolor se recorre una sola vez”


Él está ahí. Tendría que decir algo. Hace pocas horas cruzó la delgada línea
que separa las dos vidas; estoy segura que puede escuchar y verse a sí mismo
como nos observa a nosotros, a su alrededor.

En la funeraria lo han hecho bien. Acomodaron su cuerpo, lo maquillaron y
cerraron sus ojos. Su rostro aparece y parece que nos espera.

Llegan hijos y nietos. Él ve ese cariño. Parece estar bien. ¿Cómo será esa
sensación de estar y no estar?

Lo dejamos solo para que de una última mirada a su vida. Creo que piensa en su
perro: lo extrañará, le llevaba la comida y le movía su colita.

El del estacionamiento evocará la propina. Por mi parte derramaré algunas
lágrimas. A nuestros hijos les dejó una póliza. No debe creer que su amante
guardará luto.

Nada en su conciencia pesa de modo inusual.

Lo acompañamos a cruzar los silenciosos portales.

Al final del otro sendero nos reagrupamos para darle el último adiós.

Yo sé que debe haber gritado hasta que comprendió que era inútil y emprendió el
viaje definitivo y con él sus delirios de siempre.



La huida - Ada Inés Lerner

La huida - Ada Inés Lerner:                         


En los malos momentos, en las malas rachas, la tristeza se
agazapa cuando la noche convierte sus lágrimas en estrellas. Los compañeros de
navegación advierten algunas melancolías aunque no todos sienten cierta
picadura de malestar al ir alejándose del viejo hogar, del antiguo planeta que
ya no puede darles cobijo.

Cuando abordan la nave que los llevará a un hogar provisorio, pocas mujeres no
lloran y los niños aferrados a sus faldas, sin entender demasiado, presienten
que la esperanza puede ser una mentira más.

El camino que la confederación intergaláctica les ofrece parece dormitar a su
paso. Ninguno de los responsables se engaña, en cualquier momento puede
aparecer un escollo inesperado, o una tormenta agazapada que les alcance. Las
voces silenciosas son como un salmo al Cielo piadoso para que culmine y los
viajeros gocen de un nuevo orden.

Desafíos y choques se enfrentaron cuando la devastación los envolvió
sofocándolos de vértigo, metáfora del horror inigualable de la guerra.

¿Regresarán alguna vez a la espera, unirán las voces en busca de sus sueños?
irán suplicando aliento en los corazones ardientes por el vértigo de la
justicia, por la paz, por la compasión, por la libertad.

Nadie sabe que hay tras un siglo de oscuridad. El viaje sigue su curso al
destino ya cercano, ya están a punto de saltar como cazadores furtivos y desesperados,
preparados para el descenso designado en una zona deshabitada en el planeta de
los drogs, no saben cómo serán recibidos …

El Valle de la Muerte - Ada Inés Lerner










—Si como creo hemos caído en el planeta del Valle de la
Muerte tendremos dificultades en salir rápido. —Mi copiloto, Rank, estaba en lo
cierto.

—¿Tenés noticias de habitantes permanentes aquí?

–No, no tengo referencias que los haya, solo viajantes esporádicos, científicos
del Servicio Meteorológico del Universo. El Valle de la Muerte, es el lugar más
caluroso y tiene el récord de la temperatura más alta jamás registrada desde
que existen sistemas de medición: 57,78 centígrados el 10 de julio de 1913.

—Lo único cierto es que no nos ahogaremos en un vaso de agua. –No sé porqué
Rank estaba de buen humor, la situación era difícil.

—Ja ja ja, no te gustó mi chiste, opino que deberíamos tomar los datos que
venimos a buscar y luego preocuparnos por arreglar esta cosa.

—No estoy de acuerdo, esta semana, precisamente el 5 de julio de 2053, el
Servicio Meteorológico informó que registró una temperatura de casi 54 grados y
creen que podrían seguir en ascenso —le dije en tono algo imperativo, como
corresponde a mi grado superior.

—El valle es un espectacular paisaje desértico, la cuenca de Agua Mala, ¡qué
ironía su nombre! Es la parte más profunda y caliente del valle. Quisiera grabar
y llevarlo como documental. —Rank hizo oídos sordos a mi decisión.

—¿No escuchaste lo que dije? Primero repararemos la nave. —El copiloto hizo un
gesto de fastidio—. Si no podemos salir rápido de aquí poco importarán tus
documentales.

La disidencia hacía que mis palabras subieran de tono, por lo que Rank se
retobó aún más. Intentó salir de la nave y para detenerlo, lo empujó. Rank me
trompeó y yo me golpeé la cabeza y caí herido. Abrió la escotilla y salió con
su cámara.

Malherido, decidí reparar solo el desperfecto. Busqué mis herramientas y el
agua necesaria para salir a la superficie; estábamos a 85 metros bajo el nivel
del mar. Observé que Rank no llevaba su provisión de agua, el calor es de los
más extremos y la aventura no permite más de dos días sin beber; supuse que lo
advertiría a tiempo.

A fines de junio de 2013 otros investigadores observaron que el termómetro
marcó 59 grados centígrados. Mi madre terrícola, María Carabajal, diría (en el
cercano pasado) que “igualito que en Santiago del Estero”, su provincia
argentina. Dicen que hoy es peor aún.

Como nuestro Sol alumbra permanentemente, conseguí terminar la reparación al
mediodía de nuestro segundo día pero no tenía noticias de Rank y poca provisión
de agua, por lo que solo podía esperarlo dos horas más.

A poco de partir, apareció Rank desfallecido. Arranqué la nave, me deslicé por
la superficie y antes de levantar vuelo Rank decidió quedarse en el Valle de la
Muerte.



Bandada - Ada Inés Lerner





Mary atraviesa la placita con paso desparejo y torpe
mientras atisba el futuro: de costado, como una yegua compadrita.

Los pibes, malón de regreso que abandona con esfuerzo el potrero y la redonda,
la observan como quien busca respuesta en un reloj detenido en otro tiempo.

Las agitaciones y tormentas de una empleada postal como Mary pertenecen al
pasado reciente, quizás por eso gruñe un reclamo desafinado por ese pueblo
indolente. En la estafeta la cortina rezonga y la reciben afablemente el vaho,
la humedad, y las hilachas de aquellas cartas olvidadas.

A Mary la satisface esa melodía y todas las mañanas ella insiste en danzar al
compás de un acorde quejoso:

—¿Qué será de mí si nadie espera una carta? Una carta es una visita inesperada
que uno puede besar, acariciar o evocar…

Alguna vez, un repartidor postal se acercó a Mary pero por culpa del destino,
dios sin altar en el mundo (tan insalvable como imprevisto) lo dejó ir: es que
ella fue incapaz de comprender que ese cartero, tercero involuntario, ya no
cargaba de su hombro el útero desierto con las cartas que muchos dejaron
abortar en la madrugada por ese correo electrónico, superficial y urgente.

Del buzón vacío nace una canción y Mary, como aquel poeta, acompaña el tono de
una oración de fe: volverán las cartas
olvidadas, volverán mis noches a rondar, y otra vez como almas en bandada, me
llamarán, me llamarán...

No es tiempo de juego - Ada Inés Lerner

No es tiempo de juego - Ada Inés Lerner:


“Se repetía de amanecidas en el bar.

Parecía fácil

diluir fantasmas con insistencias de vino tinto.

Soñaba –creo–.

Cuando llegaron las palomas

él había muerto”.

San Juan “Apuntes”. José Campus.





Nunca había visto llorar a un hombre. Llorar así. Pero sucede. Sucede porque
los días se escapan veloces, y veloces los tiempos nos abandonan en la
distancia y en el olvido, el olvido y la distancia que no podemos comprender.

En un bar de estación terminal yo esperaba para partir, partía no recuerdo
adónde, cuando reparé en él. En la mesita lo usual, botella y vaso, vaso y
botella y la cabeza cenicienta; la cabeza cenicienta cayendo desamparada sobre
los brazos magros. Era tal su soledad como yo no había visto en persona alguna.
Parecía no estar allí y al no estar allí los demás lo ignoraban, lo ignoraban
con esa crueldad que los humanos, sólo los humanos somos capaces de sentir, de
sentir y de demostrar.

Cuando alguien evitaba pasar a su lado deslizaba una mueca, una mueca que no
alcancé a descifrar.

—Usted ama a sus pares? —desafiante, las palabras demandaban respuesta.
Respuesta que el mozo, después de apoyar la bandeja vacía, desorientado,
intentó articular:

—¿Si quiero a mis pares? Sí, creo que sí.

—Puede probarlo?

 El empleado optó por ocultar su desazón, desazón devenida en ignorancia,
ignorancia que ocultó en el silencio. El cliente lo miraba de frente, sin
pestañear, mientras una foto desorientada giraba entre sus dedos amarillos de
tabaco.

—No somos nada, sólo la construcción de algunos otros —guardó la foto en el
bolsillo izquierdo de la camisa con un movimiento mínimo de su codo.

El cliente sacó dos cigarrillos y le ofreció uno.

—No debo fumar mientras trabajo, pero lo guardaré para después —y lo ocultó, lo
ocultó en su bolsillo. El cliente agotó el último sorbo, vaso y botella, lo
usual sobre la mesa y la cabeza cenicienta, la cabeza cenicienta cayendo
desamparada sobre los brazos magros. Se quedó solo…

Como el bar me quedaba de paso más de una vez lo frecuenté, lo frecuenté sólo
para comprobar la presencia del parroquiano y su soledad, el ritual de su
soledad. Era casi una afrenta a los otros, a los otros que se reunían aún sin
conocerse, y para conocerse se daban apodos, apodos como “el pelado”, “el
negro”, “el gringo” como pretexto, y con el pretexto de unas cartas, cartas
españolas o un cubilete para jugarse el tiempo, tiempo que no es más que una
convención, convención que no comprenden y para matar la angustia de no
comprender de qué la juegan, se juegan el tiempo, matan el tiempo.

Varias veces me invitaron a compartir ese tiempo de juego, juego en el que no
lo incluían a él. Recuerdo haber pensado que a nadie le gusta que lo dejen
fuera del juego..

Quizás por deformación profesional me subyugan las historias, las historias de
los desconocidos, de los solitarios y un día, un día como cualquier otro, fui
decidido a su encuentro. Quizás porque frente a una realidad desconocida
necesitamos ponerle palabras, nombrarla, hacerla nuestra. Quizás sucedió ese
día porque lo vi mirar por la ventana de la ochava, perdido ¡vaya a saber uno!
detrás de qué sueño.

Permaneció en silencio, inmóvil. Retiré la silla y me senté enfrente y recién
entonces pensé que podría estar enfermo. Además de la adicción, digo. Levantó
la cabeza y nuestras miradas se encontraron y vi los surcos, los surcos que
antiguas lágrimas habían dejado sobre su piel y no lo resistí, me obligaba a
apartar la mirada.

La expresión de sus ojos anticipó las palabras que siguieron, aunque quizás no
eran necesarias. Es posible, sólo posible que él haya adivinado el motivo de mi
interés porque se volvió hacia la ventana y comenzó a hablar:

—Me muero —dijo— y recién ahora comprendo la belleza de la vida. Ahora que los
he perdido, por mi culpa. Mis pares, mis pobres pares quedaron solos cuando me
fui tras un sueño loco, un sueño que sólo los que son amados en demasía pueden
acuñar, no están necesitados de amor, no conocen los límites, las fronteras del
bien y del mal, la sinrazòn de la razón. Me amaban demasiado y lo esperaban
todo de mí y yo era sólo uno más y además llevaba sobre los hombros la mochila
de su amor. Le juro que busqué y busqué... le juro que recorrí todos los
caminos, y que transité todos los senderos, y por todos los atajos, y
encontré... encontré desiertos y vergeles, bosques, campos y ciudades, hasta
que ya no hubo más, no hubo más nada por conocer y entonces comprendí...

 Permanecimos en silencio un momento y luego casi me gritó:

—¿Pero cómo, usted tampoco lo sabe? —Bajó la voz—. Disculpe, a veces me cuesta
entender que yo no era el único que lo ignoraba.

Me estaba hartando el jueguito del borracho que todo lo sabe y quizás adivinó
mi intención de borrarlo de mi mapa porque me tomó del brazo con ambas manos,
manos con llagas que lastimaron mi piel:

—Yo comprendo que ésos no me entiendan, es mejor para ellos, ¿qué ganarían con
saber la verdad?. Pero usted tiene que saberlo. Por eso se acercó a mí. Usted
es el elegido. El que quiere saber. —hizo una pausa— ¿Entiende? Era mejor que
yo me fuera y sin embargo, la causa de todo mi sufrimiento es este secreto que
no supe comprender a tiempo....

 Hizo una convulsión, descansó un instante y sacó la foto de su bolsillo:

—Mire esta foto. ¿No ve nada? ¿Sabe por qué? Porque el paraíso no existe. Sólo
hay un paraíso y está dentro de cada uno, búsquelo, búsquelo aunque le duela.
Búsquelo.



El espacio interior - Ada Inés Lerner

El espacio interior - Ada Inés Lerner


Cuando Juan regresa, tras haber estado sometido a las condiciones
de microgravedad y a la radiación del espacio, suele volver muy débil.

Pero nada se pierde porque nada puede existir sin su doble, por eso la
información que se almacena en las células queda en el ángel de la guarda y los
dobles de los astronautas están en algún lugar del mundo. Si esos dobles se
encontraran, alguna vez por casualidad frente a la Torre Eiffel no se
reconocerían, porque encerrados en sus paradigmas verían lo que quieren ver.

Juan vive con su cuerpo sus sentimientos y en otro tiempo su doble vive con
otro cuerpo otros sentimientos.

Esto puede convertirse en un juego mortal. Juan pasó por esta experiencia
metafísica atravesando miedos.

Pasaba por la Strassenbauer cuando ve sentado en una mesita, en un pequeño bar,
a un sujeto parecido a él. Demasiado parecido. Pensó que era un engañoso
reflejo y se volvió. El hombre seguía sentado en el lugar y aunque iba de
camisa verde, traje marrón claro, zapatos al tono, era evidente que el parecido
era asombroso. Se detuvo y lo enfrentó pero el otro siguió conversando con su
vecino de mesa sin prestarle atención. Juan se sintió ridículo y se alejó muy
intrigado. Como se dirigía a la universidad buscó en la biblioteca a Frau
Kreimer quien comenzó a explicarle sobre el desdoblamiento del tiempo.

Más que confundido se dirigió a una iglesia pero el sacerdote le aconsejó
conectarse a sí mismo y perdonarse el pecado original. Juan se quedó intrigado
frente al altar y le preguntó al Señor, pero ya sabemos que en ciertos momentos
el silencio de Dios puede ser agobiante.

El chaleco de fuerza suele dejarlos débiles y exasperados pero le dio cierta
seguridad: nada más podía sorprenderlo. Y no es poca cosa para quien regresa
del espacio interior.

Loteada - Ada Inés Lerner



Loteada - Ada Inés Lerner:                               


Lotes en Marte, pronto partirá la nave, a diez pesos cada
uno -- el niño, vestido con ropa del finado (de mayor talle), los dedos de los
pies fuera de unas zapatillas que siempre le han quedado chicas, carita
iluminada con ojitos de hambruna añeja recorre la taberna portuaria y deja en
cada mesa unos papelitos que pasa a buscar luego y controla si el supuesto
cliente falla

–Déle, don, es un viaje corto y ya va reservando su lotecito

–Gracias no tengo interés – Gideon se siente desdichado porque el niño no lo
mira de frente, ¿su respuesta no es importante? Es la primera sílaba que acudió
a sus labios. No tiene intención de lastimar al niño con una negativa.

–Mire que la nave ya está por salir, podrá ubicarse donde quiera y recién se
está poblando el planeta rojo, estará cerca del Super Chino, de los cines –
repite el precoz vendedor sin mirar a nadie en particular y la vista fija en la
mesita mugrienta y los platitos con algunos restos. Lorenzo observa al niño
como si no lo hubiera escuchado y le tiende los palitos salados que el rapaz
devora al instante.

 —Déle don, -- el niño se vuelve a
Lorenzo. Lorenzo le acerca unas aceitunas flacas y arrugadas que desaparecen  –será dueño, con su amigo, de un lote para un
bar  – la mirada abarca el local -- más
grande que éste.

—Eh! mocoso, ¿qué te pasa? encima que te dejo entrar – protesta el tronpa
detrás del mostrador. La panza no lo deja acercarse al escaño y la diabetes ya
le ha atacado las piernas, así que se bambolea con un ritmo irregular según el
dolor. No escucha gran cosa y ve menos.

El aludido, como si no hubiera registrado que se dirigen a él se vuelve al
tercero en la mesa.

—Y usted señor – la diferencia en el trato la hace el viejo fieltro que tapa la
calva de don Ferro y su chaleco rayado bajo un ropaje que no se caracteriza por
su armonía. La camisa ostenta el cuello despeluchado y las mangas no aparecen
por ningún costado —usted que es un señor querrá tener una parcela mayor en el
centro mismo. Don Ferro, elevado de categoría por el rapaz, quiere ser generoso
y le estira su jarra de cerveza.

—¡Animal! los chicos no… Sin dudarlo el vendedor traga de un sorbo los restos
de la bebida. Esto fue algo imprevisto a más no poder, aun sin ser exactamente
una iglesia. Lorenzo se siente un tanto azorado, pero también nota que le suda
la región baja de la espalda, justo por encima de su cinturón de cuero de
ocasión.

—¿Y las llevas encima? – murmura Lorenzo.

—Sí, don, la nave ya da vueltas – el vendedor hace un aspa con un brazo  –y da vueltas y más vueltas y da vueltas sin
parar, y así pronto partirá sin tiempo hacia el futuro.

—Sí –dice Gideon –tomá diez pesos para que de vueltas sin fin.

—Gracias, don, señor – como si fuera a partir ya a velocidad supersónica –,
gira y gira. Pueden verla en la esquina…

Don Ferro no supo dónde meterse. Incapaz de sonrojarse, fue más copioso su
sudor. Nunca le había ocurrido nada como aquello, jamás. Se sentía desarmado,
desmontado del caballo, y triste. Los ojos de todos ellos, los estibadores de
hombros encorvados, los ferroviarios enzarzados en un truco tramposo o haciendo
eses de camino a casa quedaron excluidos del todo, o tal vez aún mejor, eran
del todo desconocidos y mucho más terrible, los ojos del niño se han clavado en
él. Gideon sintió el rabo entre las piernas. Se le conocía allí dentro, en el
sentido de que su grotesca apariencia externa tiempo atrás había dejado de
contrariar y distanciar a los camareros. Aquel condenado chaval, con sus trapos
y su presencia magnética los tenía a su merced.

–No –farfulló Gideon –no, muchas gracias, esta noche no, gracias.

–Sólo me quedan las últimas se las dejo por nada, yo también parto, ¿para qué
quedarse, no les parece?

– ¿Y cómo sabré –musita Lorenzo con un hilillo de voz –que no me estás metiendo
el perro?

--La nave gira y gira y nos promete un futuro mejor... –Dios lo bendiga, señor
–el niño hace ademán de marcharse.

-- Eh –exclama don Ferro –que me debés las entradas… me debés dos.  Gideon no reclamó. Se metió la lengua para
dentro .

 -- Allá nos encontramos –dice el niño
con claridad.

 – Amén – don Ferro miró el fondo del
vaso.

 – Lotes en la luna –arrimó otro –el
viejo cuento porteño

–Los mejores lotes –don Ferro rugió – Para huir de este mundo, de nuestras
penas, diez pesos por los mejores sueños.

Esto fue imprevisto, aún en el remedo de fraude todos se sintieron cómplices
del fracaso de los seres humanos a la hora de comunicarse. El niño desplegó un
par de alitas y desapareció.

--¿Una ronda más, compañeros?

Teatro – Ada Inés Lerner

Teatro – Ada Inés Lerner

—Así, algo así, adviene con los zombis —señaló el antropólogo Ernesto Sabes—, criaturas de origen vudú, ajenas al lenguaje y el deseo. Esto fue producto de una situación ajena a sus deseos pero
necesaria para enfrentar a su enemigo. Atrincherarse bajo tierra para emerger
desde ahí y poner en fuga a los invasores. Claro que ya no volvieron a ser los
mismos.

El público, la mayoría estudiantes blancos, algunos indiferentes, otros
horrorizados, permanecían en silencio durante la hora que duró la conferencia.

—Ahora son indiferentes y harapientos —continuó el científico—, víctimas de
pócimas o de magia, los zombis son una multitud sin liderazgo. Y transitan
sordos a lo que no sea su hambre de carne humana…

Un murmullo se levantó desde el público hasta convertirse en un grito de
horror, dos seres como los descriptos por el antropólogo se dirigían hacia él
con un gemido nauseabundo. La sola presencia de los sujetos en el escenario
hizo huir a un público delirante, sin que nadie volviera la vista atrás.
El antropólogo tendió sendos billetes a los dos actores, recogió sus
pertenencias y los tres se alejaron por la puerta trasera del salón.

viernes, 17 de junio de 2016

Amigos – Ada Inés Lerner






Esta mañana caminaba por la plaza, recorría sus veredas centrales cuando me crucé con un ser poco convencional. No me asusté. A mi edad  he aprendido que son más peligrosos los “normales”. Los que
compran una mascota de pura raza. Aquellos que detrás de un escritorio
conspiran por una oficina más grande, por un cartelito en la puerta con su
nombre en letras doradas. Temo a los que ambicionan una casa tan grande que no
les alcanzaría el día para recorrerla. Un automóvil tan poderoso que
difícilmente pueden controlarlo.



El caminante de la plaza era un joven con una mochila de
tela en un hombro y una guitarra en el estuche; sonreía a las mariposas,
saludaba a los pájaros con su mismo canto y caminaba al compás del sol que
ascendía en el cielo. Me saludó con cordialidad, como corresponde a los pares,
y siguió caminando hasta que desapareció entre las flores. 
Estoy segura que podría ser mi amigo, uno más de mis amigos,
de los que se abrazan con los álamos plateados o los aromos en flor, los que
recorren el cielo en globo o los que juegan con los delfines. 
Yo podría regalarles mis mejores palabras y ellos sus
melodiosas notas, sus sentimientos más caros o mis lágrimas azules. Todo eso
que nadie podría comprar y nos sumaríamos a nuestros sueños para poder volar.

Viaje por el río Leteo — Ada Inés Lerner

Viaje por el río Leteo — Ada Inés Lerner:
El crepúsculo asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Navegué hacia el poniente, supongo, para esconderme cuanto antes de la luz y de mis enemigos.



Mis amigos y enemigos son seres vivos. 
Mis amigos son los pecadores más "cercanos" a Dios
y la luz, es decir puestos en los primeros círculos, son los incontinentes, es
decir aquellos que usaron el menor uso de la razón en pecar. 
Mis enemigos siguen siendo los violentos, cegados por la
pasión, aunque tienen, como suele suceder un nivel de inteligencia mayor que
los primeros. 
Los fraudulentos y los traidores, que quisieron y realizaron
el mal conscientemente, y que no desean olvidar: como los que confiaron en
Satanás, los traidores a la patria, los que abandonaron a los niños. 
Quizás éstos últimos desearían seguirme en este viaje por el
río Leteo, en este viaje hacia el olvido.
 ...

Nunca debí volver - Ada Inés Lerner







Nunca debí volver. Fue una mala idea. Hoy pertenezco a la UAC Universal, soy bióloga espacial en sus laboratorios científicos y los viajes espaciales de investigación Saturno y Titán me han dejado en
el alma y en el cuerpo algunas huellas.



No previne que en mi pueblo y en el planeta el éxodo había
cambiado todo a los saltos, para peor. Que el lugar de la calesita de mi
infancia lo suplantó el silencio y muchos, demasiados, son baldíos marcados por
la basura que cae de los satélites artificiales. 
Los cómplices de mi adolescencia se han ido ¡vaya una a
saber adónde! y ni las paredes de sus casas no han quedado en pie en el sitio
en que yo había sido muy feliz: a pesar del entrenamiento en algún lugar guardo
los recuerdos de mi infancia de pueblo. 
Las antiguas casas de la partera y la farmacia ya no están,
Defensa Civil, casi inexistente, levantó un edificio profundo donde funciona un
refugio y cada tanto una alarma llama a los sobrevivientes, antes de entrar los
examinan con el láser y luego les dan un hogar de acero sin ventanas ni calor
humano. 
Ayer yo no los conocía y hoy sé que están obsoletos aunque
imprescindibles pero ¡tan cerca de mi escuela! donde todavía se enseña y se
aprende, para una que ya sabe que por ahí no pasará el futuro y porque es
difícil regresar donde las viejas ilusiones ya no crecen como la enamorada del
muro. 
No, nada dura para siempre. Al pasar por esos lugares eché
de menos a alguien que en su momento estuvo a mi lado y hoy se fue ¡quién sabe
adónde! Acompañando a otra, que ni siquiera puedo odiar. 
Por si fuera poco aunque él regrese y no me reconozca será
porque él tampoco es el mismo. 
Y es posible que lo peor de tal visita sea que pasé por el
viejo y ruinoso bar, el único que quedó mostrando la piel ajada de una
necesidad humana del vicio y me reconozca “el malo de la historia” y me vuelva
a decir con la misma voz burlona. 
—Hola Raquelita, pero si sos vos, vos, aquella creída
¿Querés ver mi “farmacia”?



Errores - Ada Inés Lerner





¡Una se equivocó tanto! He criado a este hijo para hoy sentirme tan sola. Yo quería lo mejor para él. Y está enceguecido por la chirusa...

Todas las tardes se encuentran en la puerta del hotel,
frente a la estación del tren. Allí encubren sus amores. En el libro de las
fotos guardo dos flores de sándalo, me recuerdan al vivillo que me dejó
preñada. Y también guardo una foto de aquél (que hace tiempo ya olvidé), aquél
amigo que transportaba los hinojos al mercado. Ay, mi pobre corazón, por nadie
suspiró tanto. Y ahora este hijo mío con esa niña tan tonta, que parece tener
miedo por cada viento que sopla. Y ahora este hijo mío con esa niña tan tonta.
Anoche me sorprendí llorando, mis lágrimas huían secando de mis ojos la
tristeza. Anoche soñé con mi tocado en las manos muertas de la niña tonta.



El universo desconocido - Ada Inés Lerner

El universo desconocido - Ada Inés Lerner:

“Si la luz del sol es invisible para el búho, 

 es sólo culpa de ese pájaro y no del sol.”



 Cuando la nave bajó en el planetoi LXC 184 nos asomamos en el horizonte. Inspeccionamos
la zona de montañas de piedras y cavernas. En algunas pinturas rupestres
examinamos trazos, seres antropomorfos que reconocíamos por visitas de
tripulantes ovninautas.



—El origen de las naves que ustedes ven puede estar en otros
lugares, otros tiempos o en otros planos temporales; sus tripulantes no serían
seres humanos sino mutaciones o extraterrestres. —El conferencista hizo una
pausa.
—¿Doctor, usted de qué planeta es? —preguntó un estudiante.
—Del más próximo al sistema solar: Alfa Centauri. Nuestras
naves vuelan a velocidad desconocida para los terrestres —aclaró el Doctor
Osmayor y continuó—. Utilizamos tecnología de avanzada en el espacio y llevamos
una extensa historia de viajes interplanetarios.
—No le creo nada —el estudiante terrestre se retiró del
salón colmado de científicos y estudiantes del universo.
—Mi objetivo aquí es difundir ciencia, no convencer a los
tontos. —concluyó el científico. y el antiguo docente continuó diciéndole a sus
alumnos:
—Nosotros, si miramos hacia dentro percibimos el espacio, en
cambio el humano se percibe a sí mismo sólo en el tiempo. Quizá porque cree; y
creer es lo que nos conecta con las dudas, no lo olviden. Repito: el humano cree
que lo único eterno es el tiempo. Algunos investigadores ya avanzaron sobre
otras dimensiones.
—Profesor —dedujo un alumno nuevo— ¿será porque el humano
desea la eternidad a toda costa, es egocéntrico y no espera nada del universo,
que es fundamentalmente espacio?
—No lo conozco, por favor, antes de hablar, preséntese a sus
compañeros y a la cátedra. Su pregunta es acertada, para nosotros el espacio
infinito existe porque vivimos en él y lo tenemos internalizado.
—Entonces, profesor —dijo Mariska desde el fondo del aula—
¿cómo haremos, en un futuro, lejano o cercano, para convivir, para entendernos?
—Un alto prelado de una iglesia humana dijo “que la paz es
posible”, dudo que se refiriera a sus feligreses. Ellos han colocado un gran
cuadrante sobre un reloj. Para medir el tiempo, hummm. Aún es muy temprano para
que el humano comprenda las diferentes dimensiones del universo en que
convivimos. Son observadores, pero el criterio es escéptico.
—¿Deberíamos esperar a que aprendan? —Kuru, mutante de genes
humanos venusinos hizo un gesto de impaciencia.
—Si no esperamos, Kuru, todo será un caos y habrá víctimas
inocentes de ambos lados. Además, sus religiones principales les han dicho que
son los únicos seres inteligentes en la Creación
—Son muy primitivos, profesor —agregó
—Es cierto, Clod —el profesor hizo una pausa reflexiva y los
miró a todos —sólo unos pocos respetan la inteligencia de la naturaleza, por
ahora todo es investigación y dudas en el humano. Esperemos que la paz sea
posible.

Emigrantes – Ada Inés Lerner







Emigrantes – Ada Inés Lerner:
Nos detenemos un segundo antes de entrar al fango de aldeas situadas frente al flanco violento de la montaña. Los científicos y navegantes les han aconsejado a los emigrantes que no se establezcan
allí porque los vientos son inestables, directos y complejos y soplan desde
diferentes direcciones por lo que se forman dunas longitudinales. Los proyectos
mágicos de los futuros pobladores se convierten en sueños caóticos por el frío,
el miedo y el viento que laceran las carnes. Nuestra tarea inmediata es alertar
a los pobladores sobre la vana apariencia de un desierto viscoso color del
fuego. Esta tierra es impredecible y ellos tienen la obligación de no caer en
la vana experiencia y fatigan los campos en busca de árboles incesantes de
hojas desconocidas. Hay un grito inconsolable de un pájaro que los alerta del
clima tormentoso. Y sí, hay raíces, verdes, germinación, ramas, troncos, campos
para arar, semillas; sembrar, cosechar serán preocupaciones constantes para los
hombres. Buscar bosques, sombras, luces, reflejos, gorgojos, agua, y todo
aquello que significa alimento y protección para los suyos. Nuestra nave sigue
su periplo buscando nuevas tierras para otros emigrados del Apocalipsis.




Medio siglo: Referentes - Ada Inés Lerner





Referentes - Ada Inés Lerner: No hay hechos, hay interpretaciones. F.Nietsche

Era domingo por la mañana.
 — No perdamos la perspectiva, estamos aquí, en Némesis y nosotros, nuestro futuro es lo único
importante. —Era inusual en mí ese tono y él se sorprendió.



—Clara, mi amor, es mi trabajo… es mi planeta el que está en
peligro.
—Tu planeta, “damm”, los humanos lo han convertido en un
infierno, la temperatura quema todo, la foto de los niños que llevaste la
última vez se inflamó y ardió. Los humanos son los responsables, tenés una
familia aquí, ¿para qué volver?
—Porque debo ayudar a mi gente. Te amo, Clarita, amo a los
niños… tampoco Némesis es seguro. —Subimos al auto.
En cierta forma tenía razón: un asteroide del tamaño de un
portaaviones pasó el martes cerca de nuestro pequeño planeta, en el encuentro
más cercano de una roca espacial de tal tamaño en más de tres décadas.
Los científicos no habían descartado cualquier posibilidad
de una colisión y lo siguieron con sus telescopios para aprender más sobre el
objeto conocido.
Él había sido llamado con urgencia desde la NASA.
Estábamos en la pequeña estación de servicio camino al
laboratorio especial de Némesis. Como tantas veces años atrás. No sabía cómo
impedir que se fuera.
Éramos tan diferentes que resultaba difícil encontrar puntos
de encuentro, aún cuando nos amábamos mucho y disfrutábamos de nuestros juegos
amorosos, para él era increíblemente erótico jugar con mis seis extremidades, y
para mí su cuerpo velludo era una caricia sublime; aún queriéndonos mucho, él
era terráqueo y yo nemésina o ET como solía decir.
Me llevaba en su nave desde nuestro hogar en la playa donde
desde hacía varios años toda la familia pasaba los fines de semana, feriados
largos y vacaciones que le concedían en la NASA, hasta la estación de micros
para que luego yo me fuera a dejar a los niños a la escuela y a trabajar hasta
que regresara quién sabe cuándo…
Sabíamos que por mucho tiempo ése era nuestro último
domingo. Los científicos de la Red del Espacio Profundo lo llamaron porque él
debería abordar una nave rumbo a la ciudad satelital.
Ese momento yo ya lo había vivido antes. ¿Cuándo? Con mi
padre, con mi esposo y con él, el terráqueo, todos los años, y en todos los
encuentros y sin embargo, eso que a mucha gente les da seguridad y fuerza para
enfrentar el resto de su vida, a mí me dejaba indefensa como si estuviera ante
un fracaso sentimental.
Enorme alegría esperándolo cada vez y más grande la tristeza
cuando, por alguna emergencia, me dejaba para volver a la estación espacial...
o a su planeta maldito.
Una vez le escribí con desesperación: No te quiero más, y el
papel se mojó con mis lágrimas…
Hacía muchos años yo había sido astronauta y volví a sentir
el mismo abandono. Huérfana de padre, que falleció en un enfrentamiento
espacial, viuda de mi primer esposo, que viajaba por el espacio en largas
guardias de seguridad de nuestro planeta e investigador de la Red y ahora él,
sentí que en poco tiempo había perdido para siempre los referentes más fuertes.
En cierta medida los hombres más importantes de mi vida...
Él ya se había ido cuando noté movimiento en el edificio de
la estación cercana a la ruta. Un Vigilante Espacial, V.E., de los que respiran
argón, bien pertrechado, entrevió un bulto informe en la ochava bajo un
balcón que desprotegía su cuerpo sucio, plagado de garrapatas, invadido de
sarna. La senilidad y el abandono le habían destruido el habla pero percibía
algunos sonidos.
Quizá era uno de los últimos que habían ingresado en un
viaje irregular. Su destino: un hospicio. Su pasado: abandonó y fue abandonado.
El terrícola viejo, fracasado —nos decimos los
nemésicos—, es temido o despreciado por sus semejantes hasta que la vida
ya no es vida sino una iniquidad que se arrastra o quizá postrado en estado
cataléptico: el cuerpo ya no tiene sensaciones, queda inmóvil, en una postura
indefinida.
Finalmente se había convertido en una bestia ilegítima para
su sociedad pero no para nosotros, el V.E. lo fundió en una sola mirada y
afrontó la llamada telepática desde la morgue que le reclamaba una respuesta.
El V.E. no lamentó perder un rato de esa mañana diáfana de
domingo (seguramente sería recompensado) sólo esperó pacientemente hasta que su
presa fue abducida y se perdió en las rondas en busca de otro recuerdo.
“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo,
es lo único importante”
Quizá no debí expresarme así: palabra errada y bola suelta
no tienen vuelta.
Era domingo por la mañana. Otro pequeño asteroide pasó el
sábado cerca de Némesis. Esta peligrosa situación se estaba repitiendo con
demasiada frecuencia…

miércoles, 15 de junio de 2016

Don Quijote de la Mancha
                                                             EL ESCRITOR SOY YO

domingo, 12 de junio de 2016

Ada Inés Lerner

Resultado de imagen para gato negro
Relato de pequeño formato

                                                                                                     

Maleficio

El cuerpo burdo de Negrísimo yacía en fragmentos rojos desparramados por el piso 
y mis manos con rasguños apenas sangrantes.
  Por fin yo sola había terminado con el maleficio, con el maleficio que podría traer
un gato negro según le escuché decir a la vecina de la tía Adalind.
  Mientras esperaba, rodeada de juguetes tontos, que la tía volviera de sus reuniones
de bridge. Yo había finiquitado de mi mundo el maldito gato y su existencia metafísica,
capaz de desafiar mi paz.
   Una tarde, la casa y los muebles ardían y se retorcían como cosas vivas, pero no me
amilané, ni siquiera cuando se modificó el desequilibrio original de las cosas.
La voluptuosidad alcanzó un volumen sobrenatural con el fuego de la chimenea y
gestó una sombra azabache que pareció volver de la muerte.   
   Durante los días posteriores yo recorría los pasillos y ambientes que se salvaron
porque algunos de los elementos habían resistido firmes la furia de las aguas de los
bomberos.
   La calamidad me dio pena, y, me conmovieron los esfuerzos de tía Adalind por
protegerme de supuestas y espantosas distorsiones de mi conciencia infantil.
   Una noche creí ver en las ruinas que rodeaban mi vida, la lúgubre influencia de
una atmósfera brumosa. 
   Una puerta se cerró y ante mí apareció Negrísimo, como un espectro, como lo viera
la primera vez, como una negra y horrible bestia, un espíritu maligno.    

   La tía Adalind, para consolarme, había traído otro ejemplar del Negrísimo.

Relato de Diego A. Majluff y Ada I.Lerner


                                                                                                              

Resultado de imagen para elefante y domador                                                                  El domador domado


Un domador se jactaba de ser el único y verdadero artífice del arte de introducirse en las
fauces de las fieras. Y no se limitaba únicamente a introducir la cabeza en la boca de los leones.
   En una época en que escaseaba la visita de espectadores al circo, la única fuente de ingreso
de los trabajadores circenses, el domador decidió transgredir las normas del buen gusto.
   Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos pulgar y anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que desbordado de pasión, acaso de incontenible voluntad, se funde en la húmeda boca del ser amado.
   Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones de aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu conservador, la mona Eugenia), mostraban admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres liberales, el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el presentador).
   El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos que tiene en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca y que luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó desapercibida la erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es también del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo.
    Esta actitud, normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con pequeños pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo. Advirtió que al público no le pasaba inadvertido lo que ocurría aunque la opinión general era que había sido previamente calculado.
   El domador todavía estaba esperanzado en que el elefante cesara en su empeño y que todo quedara en su propia proeza. El dueño del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaría) notaron que la situación escapaba al control del domador y se apresuraron a traer a la elefanta más joven para distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó su erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y sangraba, lo que excitaba más al animal.
El domador, al no resistir el dolor, se desmayó y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena (el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por compasión (las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el público al ver la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo, por orden del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Este los ahuyentaba con las patas traseras y la trompa, con los ojos brillantes destellando tonos rojizos mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador, aunque seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el apareamiento a que había sido llevado.


viernes, 10 de junio de 2016

Hacia el viernes, Ada Inés Lerner

Hacia el viernes 

Me desprendí de los días inflexibles. 
Aíslé el más tibio con curiosidad desplazada. 
Lo rocé. 
Recorrí el almanaque, rápido, el tiempo de ver, de haberlo visto, de adivinarlo 
fascinante, insaciable. 
El camino se fue inquieto. 
Contradictorio como el deseo: en el momento en que el viernes llegó a su fin 
el sol incendiaba el horizonte y renacía como el Ave Fénix; 
el cielo tendió al azul de la noche y lo pude adivinar sin quemarme los ojos.

                                                                                       
Yo soy la escritura

domingo, 5 de junio de 2016

Cuento a 3 cabezas

Fotógrafo criminal

Autores
:
Ada Inés Lerner,
Alberto Jaumot de Zuloaga
Erat Juárez Hernández


Ángeles, la novia de Diatchenko, presentó una denuncia ante el Juez acusando a este de
haber cometido un crimen mientras ella estaba de vacaciones. Su relación sentimental
terminó hace meses, pero Diatchenko se negó a abandonar la casa que compartían.
De acuerdo a lo que consta en actas Ángeles lo acusa de crueldad animal y amenazas.
A saber: que él mató y luego despellejó a la mascota, la coció lentamente y se comió
la mitad. Sacó fotos de todo el proceso y se las mostró al juez.
Este las miró horrorizado, en ellas se veía la atrocidad; desde que el pobre animalito
yacía muerto en el suelo manchado de sangre hasta que no se le podía distinguir de
un pedazo de ternera; pero no se veía a nadie, y por lo que salía en la imagen, bien podía
haber sido cualquiera.
Entonces entró Diatchenko, acusándola a ella de la atrocidad.
Las fuerzas de la ley los miraron a ambos; era la palabra de uno contra el otro.
El juez aceptó las pruebas presentadas por Ángeles, su coartada era más convincente.
Ella había estado a cientos de kilómetros mientras Diatchenko se encontraba en el lugar,
de acuerdo a testigos presenciales. Diatchenko, nunca aceptó la culpabilidad.
Sabía que el error había sido conocerla, que si hubiera sabido que era celosa,
no la hubiera hecho su novia. No la hubiera engañado de saber que se comería al perro
y que lo obligaría a sacarle fotos mientras lo devoraba.
Acerca de los autores:

Los Tebesios y el Uritorco

Los Tebesios —                     T                              Resultado de imagen para uritorco cima
Autora: Ada Inés Lerner

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los tebesios.
Iba a verlos sobrevolar el Uritorco, observaba la inmovilidad de sus naves o sus extrañas inclinaciones.
    Dos de ellas aterrizaron un nanosegundo y porque así lo quisieron, los pude ver mientras danzaban en lo que parecía un ritual hostil y espeluznante que rodeaba el paisaje oscuro, la luna ausente, el silencio. 
    Con un proceso que desconocí me abdujeron, me auscultaron y aceptaron, llegué a ser una de ellos,  porqué tengo partículas de quarks, que los tebesios valoran. Fueron tres días oscuros en que varios de nosotros desaparecimos en un satélite de Júpiter. ¿Su filosofía de vida? Carpe Diem.
     Navegábamos siguiendo la órbita de otro satélite, creí que era Pasifae.  Retumbaron gritos desde las entrañas del volcán, un pájaro de fuego nació de la boca, sobrevoló una amplia zona, y desapareció con un alarido desgarrador.   
     Me sentí  presa de impulsos de destrucción, ignoraba que se encuentran ocultos en lo profundo de nuestras emociones humanas y que yo no los había perdido.
     Sí, la más antigua y más intensa, el miedo a lo desconocido es una amenaza latente.
     Por eso los tebesios consideran a los humanos seres inferiores.


El rollo que vuela

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tomado de Mis imágenes
    El rollo que vuela
    Ada Inés Lerner                                                
                                                     De nuevo alcé mis ojos y miré,
                                                      y he aquí un rollo que volaba.
                                                        Y me dijo: ¿Qué ves?
                                                                                                                              Y respondí:
                                               Veo un rollo que vuela, de veinte codos de largo,
                                                                              y diez codos de ancho.
                                                  Cap.5 – Zacarías – Antiguo Testamento                                                                 

—Madre, necesito de usted, que en paz descanse...
    —Me sentiré muy honrada, hijo ¿que ocurre?
    —He tenido un sueño muy extraño, con cierto misticismo y pienso que usted puede ayudarme a interpretarlo… Vea madre, soñé que galopábamos, Zacarías y yo. Ya entrada la noche íbamos al norte,  estábamos apenados, en silencio con esas tristezas de las que los hombres no hablan, ¿vio? Al girar los pingos al este, y a lo lejos, vimos algo que volaba.
   —¿Qué ves, patrón?  —me preguntó Zacarías.
  —Veo un rollo que vuela —le contesté yo  —Los caballos, asustados, ocuparon toda nuestra atención, no era cosa de quedarnos de a pie. Dominadas las bestias, sin consultarnos siquiera los dos seguimos el mismo rumbo: para las casas.  Íbamos llegando cuando un espectáculo infernal se ofreció a nuestros ojos. Mudos,  asombrados, vimos que era una nave espacial, un ovni que le dicen, bien definida por luces propias; se había adelantado a nosotros. Hombres, mujeres y animales parecían enloquecidos, corriendo de un lado a otro, como  perseguidos por ánimas malditas.
Madre se persignó.
   Pedro conducía atento al camino como si ahí, en el sendero que marcaba el asfalto gris, estuvieran escritos sus sueños.
  Los animales de la granja yacían muertos por todas partes Madre, destrozados a dentelladas por los perros.
   —¡Pedro! ésa es una cita del Antiguo Testamento, estoy segura, no recuerdo a qué libro, ni el versículo, pero puedo encontrarlo.
  —¿Vio? a mí me parecía... Los chicos saltaban en un extraño baile de muertos. Todos parecían contagiados del furor que había prendido en los irracionales. Como si Mandinga…
   Ante la mención del Maligno, Madre  se persignó nuevamente y besó la cruz que llevaba en el pecho.
  —Como si Mandinga se hubiera enseñoreado del pueblo y hubiera querido herirlo con una plaga, la peor de todas: la locura.
    Habían llegado hasta el campo que fuera de sus padres y Pedro detuvo la camioneta, le abrió la puerta y la ayudó a bajar. Se sentaron en la sala.  Pedro  hizo mate y Madre los cebaba. Ya cómodamente instalados:
    —El ovni se acercó  y al bajar una luz blanca iluminó todo, hasta el horizonte, cegándonos y dejó un gran círculo  de pasturas quemadas. Zacarías y yo pudimos advertir que, efectivamente, se trataba de una nave espacial. Se apoyó en el suelo, en la parte superior se advertían escotillas oscuras. En un enorme círculo inferior se abrió una puerta que daba al este. Nos acercamos sin poder evitarlo, era más fuerte que nosotros. Subimos unos pocos escalones y entramos. Pudimos ver un salón circular con tres puertas iguales. La disposición, tan exacta  y simétrica, me recordó a un laberinto que recorrí en Cruz del Eje.
     Me sentía frente a un desafío del destino: los extraños me daban a elegir entre las tres salidas como si fueran tres dilemas, tres disyuntivas y yo debía optar por una. Los tripulantes nos observaban en silencio, sentados alrededor de una  mesa redonda. Los vi,  Madre, como la veo a usted ahora... Entonces uno me dijo: Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; porque todo aquel que hurta (como está de un lado del rollo) será destruido; y todo aquel que jura falsamente (como está del otro lado del rollo) será destruido y dice Jehová de los ejércitos, que vendrá a la casa del ladrón, y a la casa del que jura falsamente en mi nombre y permanecerá en medio de su casa y la consumirá, con sus maderas y sus piedras...
     Y salió Áquel que hablaba conmigo y me dijo: Alza ahora tus ojos y mira qué es esto que sale.  Y  dije: ¿Qué es? Y Él dijo: Este es un día en todo que sale. Además dijo: Esta es la iniquidad de ellos en toda la tierra.
      Y he aquí (levantaron una tapa de plomo), y un calendario estaba grabado allí y Él dijo: Esta es la Maldad; y la echó dentro y echó masa de plomo en la boca del día 11 del 09 de 2001.
      Alcé luego mis ojos y miré y dos mujeres que salían y traían viento en sus alas y tenían alas como de cigüeña, y alzaron el vuelo entre la tierra y los cielos.
     Madre tenía la mano acalambrada de persignarse. Pedro,  sentado a su lado, gesticulaba, contra su costumbre, como si estuviera muy exaltado:
       —Y así, sin hablarnos, sentí que comprendieron que los habíamos entendido; pensé  seguro fue nuestro Señor que nos ayudó con ese  Concejo...   Luego volvimos todos los del pueblo, cristianos, monturas y perros, Zacarías y yo,  cada uno a su tarea”.
     Madre y Pedro hicieron silencio.
     Lo del rollo recuerdo haberlo leído —dijo Madre —parece ser la visión del profeta Zacarías; todo me suena conocido... ¿leíste la Biblia, alguna vez?  Parece ser una historia bíblica. ¿No querés hablar con el padre Ernesto?
    —No, no se ofenda, Madre, no concuerdo mucho con él. Aunque debo reconocer que Ernesto es inteligente y abierto, y sí, he  leído un poco la Biblia, pero no tengo presente...
    —Está bien, hijo,  y ¿ese dilema entre...?
    —Quédese tranquila, yo sé bien qué puerta voy a abrir. No tengo dudas, y en ningún momento he vacilado. Madre, vamos a visitar la gruta y llevarle unas flores a Nuestra Señora...
   Llegaron a un convenio tácito, esta charla sería un secreto entre los dos. Luego Pedro la llevó a visitar el lugar donde había bajado el Ovni, Madre se persignó y al levantar la cabeza al cielo desplegó sus alas y se elevó hasta más allá de la vista de Pedro.
                                                                  

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO: El brujo y los demonios – Luciano Doti, Sergio Gau...




LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO: El brujo y los demonios –: La fama del brujo había trascendido por toda la región, y yo fui a su guarida acompañando a mi amigo Leandro, a quien le habían aconsejado ir a verlo por un tema de amores contrariados. El viejo
era de raza negra, o al menos mulato; al parecer eso hacía más creíble que
fuera poseedor de un saber que, supuestamente, los blancos occidentales
ignoramos. Mi amigo hizo su consulta en primer lugar, y me convenció para que
luego le siguiera yo. El viejo me miró fijo, sin pestañear; tenía la vista como
perdida; estaba, o fingía estar, en trance. 
—Debes luchar contra tus demonios interiores —dijo al
fin. 
—¿Perdón? —No hizo ninguna aclaración, dando por hecho que
lo había escuchado bien. 
—Si no luchas, ellos te dominarán. Y si lo haces solo, sin
la ayuda de un experto, no se irán tan fácilmente. 
—¿Entonces? 
—Yo te puedo ayudar haciendo un “trabajo” de liberación,
para que esas entidades no te molesten.

—Nunca he notado que me molesten esas entidades… 
—Tus problemas y nerviosismo se deben a ellos —insistió el
brujo. 
Quedé en que, si acaso decidiera hacer ese “trabajo”,
regresaría, pero tenía que pensarlo. Créase o no, el poder de la sugestión de
estos sujetos es muy grande, y durante los días siguientes comencé a pensar, y
acabé por sentir, que lo que me había dicho el viejo reflejaba algo que en verdad
me molestaba.

Estaba un poco amoscado porque no me gustaba reconocer que un desconocido fuera
capaz de ver en mí cosas que guardo celosamente y tampoco estaba dispuesto a
admitir que me hablaran de mis demonios interiores. Había evadido recurrir a un
psiquiatra o psicólogo profesional y me decía a mí mismo que todo estaba bien,
que tenía un buen trabajo, que no me iba nada mal en la vida.

Pero ahora este brujo andrajoso…  me recordaba algo que yo quería olvidar.


¿Olvidar qué? Que Mariela había desaparecido, que quizás había muerto. La
busqué durante mucho tiempo y no encontré rastros de ella en ninguna parte; los
amigos en común eran incapaces de darme datos fidedignos sobre su paradero y
nunca había regresado a los lugares que solíamos frecuentar.

Lo único extraño era que la vida seguía como si nada hubiera pasado, como si el
18 de agosto de 1994 nunca hubiera existido. Ese día fatídico habíamos firmado
el contrato de propiedad de un departamento para irnos a vivir juntos. Pero no
hubo futuro, solo seguir y seguir, una sobrevida absurda y sin sentido.

Ese duelo marcaba mis horas. Y el brujo maldito que sacaba a relucir el asunto
de mis demonios interiores.

Me encontré con Leandro a tomar un café. Después de todo, él era una especie de
cómplice de mi incursión en el submundo de la brujería.

—Hay que creer o reventar —dijo Leandro para romper el hielo. Pero yo era un
hueso duro de roer.

—¿Qué querés decir?

—Que el negro dio en la tecla, quiero decir. Me solucionó todos los problemas.
—Me miró extrañado—. ¿Qué te pasa a vos? Es como si no pudieras aceptar lo que
salta a la vista.
—¿Ah, sí? —dije—. ¿Y que salta a la vista?

—Que arrugaste cuando estabas a punto de irte a vivir con Mariela, que la
asesinaste para no enfrentar el drama existencial que te mortifica.

—¿Estás hablando en serio? —Empujé el cuerpo hacia atrás y la silla chirrió al
frotarse contra el suelo de mosaicos del bar.

—Estoy hablando en serio, Marcelo.

—¿Quién te dijo eso?

—Tus demonios interiores se lo dijeron a los míos.
No podía creer lo que estaba escuchando de boca de mi amigo,
y lo hubiera estrangulado a él también si no fuera porque los demonios
interiores, saliendo por todos los orificios de mi cuerpo, me aferraron los
brazos y piernas para impedirlo.


Medio siglo: Las cartas olvidadas - Ada Inés Lerner





Medio siglo: Las cartas olvidadas - Ada Inés Lerner: Mary atraviesa la placita con la brisa precoz de la mañana; se menea con paso desparejo y torpe, mientras atisba el futuro de costadtado como una yegua compadrita.
Los pibes, bandada de
regreso que abandonan con esfuerzo el potrero y la redonda, la observan desconcertados, como quien busca
respuesta

en un reloj detenido en otro tiempo.
Las agitaciones y tormentas de una empleada postal como Mary
pertenecen al pasado reciente, quizás por eso gruñe un reclamo desafinado por
ese pueblo indolente. Ya en la estafeta, levanta la cortina enmohecida y la
reciben afablemente el vaho, la humedad, y las hilachas de aquellas cartas que
nadie leerá.
A Mary la satisface esa melodía repetida a través del
tiempo, y todas las mañanas, ella insiste en danzar al compás de un acorde
quejoso:
—¿Qué será de mí si nadie espera una carta? Una carta es una
visita inesperada, que uno puede besar, acariciar o evocar. Ahora todos están
con ese correo electrónico, superficial y rápido.
Alguna vez, un repartidor postal se acercó a Mary pero por
culpa del destino, tan insalvable como imprevisto, lo dejó ir, ya que ella fue
incapaz de comprender que ese cartero, tercero involuntario, ya no cargaba
sobre su hombro el útero desierto con las cartas que muchos dejaron abortar en
la madrugada.
Porque del buzón vacío nace una canción desafinada, Mary
baja la cortina mientras entona la última oración, la de quien ha decidido
encontrar la paz.

Minimalismos: El ataúd usado - Ada Inés Lerner





Minimalismos: El ataúd usado - Ada Inés Lerner: Después de discurrir largamente, mi hermano Simón decide que no es inconveniente que yo comparta el ataúd con el tío Ismael (fallecido allá lejos y hace tiempo).



—Es notable la diferencia de precio —dice Simón a la
familia—: e ínfima la posibilidad de que, con el tiempo, la comunidad
sospeche un incesto.
La funeraria (el dueño es gentil) le ha ofrecido cremación y
urna por un precio más conveniente y Simón —que ha extraviado los
preceptos de la religión— acepta.
A partir de ese treinta de abril comparto una vasija
mortuoria con Ismael, judío liberal y viudo de primeras nupcias; se trata de un
hombre desconocido para mí; eso es lo que a juicio de Simón evita los
comentarios maledicientes y además —aduce— no puede ser atrevida
tamaña cercanía con alguien que me lleva casi doscientos años.

Minimalismos: Destino - Ada Inés Lerner





Destino - Ada Inés Lerner: Sucede. Porque una niña es como un árbol, como un poema.

Frágil y eterno. Luminoso y umbrío. Forastero. Como María. Es el momento de abandonar las raíces y navegar hacia el sol. Somos varios,
porque la gloria nos espera en una estrella desconocida para otros.

No a todos. Porque no a todos los grillos se los oye en el silencio. A veces
sólo se oye crecer el silencio de los grillos.

Desde el conocimiento íntimo que cree tener de si misma María se sorprende esa
mañana con la expresión que le devuelve su imagen en el espejo. También se
sorprenden los primeros brotes al reflejarse en el charco de la última
lluvia. 
María enciende las la pantalla y admira las luces del
espacio y fija la atención en las más lejanas. No puede advertir peligro en
ellas.

Y aquí se terminan las coincidencias, porque el árbol conoce su destino. 

Cuento en pequeño formato: Mi espejo - Ada Inés Lerner





Minimalismos: Mi espejo - Ada Inés Lerner: Cuando pequeña me regalaron un espejo

con un marco antiguo, una obra de arte.; se dio entre nosotros un lazo muy especial.
Si algo me ocurre mi espejo lo siente.
Lo descubrí desde el principio. Yo
tropezaba y en él se veían lágrimas.
Me caía por las escaleras, él reflejaba en
mi cuerpito, moretones y heridas.
Al llegar a la adolescencia, mi primer
noviazgo fue pobre, mi espejo lo reflejó;
para consolarme yo apoyaba mis labios
en su cristal y lo entibiaba, presa del deseo
él se empañaba.
Fue en esos
momentos que mostró mi rostro asustado.
Un día, especialmente triste, decidí
suicidarme.
Él lo comprendió, y con voz temblorosa me preguntó:
“¿Cómo piensas
hacerlo?”.
Acaricié el marco y antes de que pudiera reflejarme y liberarse, lo
tiré por la ventana.