EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

martes, 10 de mayo de 2016

Babieca



Babieca
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Era una ciudad de arena a orillas de un mar antiguo;
Babieca también era un perro que rondaba por las calles de aquel pueblo.
Él no sabía, nadie le había explicado que había un dios, muchos dioses, un diablo,
muchos diablos.
Para él sólo existía su amo, un hombre bueno, con muchos sueños y
esa manía de escribir y escribir.
No es fácil ser el perro de un escritor.
Tampoco es sencillo llevar el tonto nombre de un caballo célebre: Babieca.
Cuando volvía de su paseo mañanero Babieca se dedicaba por entero a alimentarse
con el desayuno que le preparaba la doncella de su señor.
Luego se echaba al sol un rato, otro a la sombra y cuando el aire puro había logrado
adormecerlo se dirigía a apoltronarse cerca del escritor.
Todas las mañanas lo encontraba mirando por la ventana que daba a la playa
e inmediatamente que llegaba Babieca, el hombre se disponía a escribir.
Como si la presencia de su perro fuera su inspirador.
Babieca se sentía como prisionero y parte de la tarea de su amo.
El amo tenía una esposa de nombre Dulcinea.
Dulcinea es muy bonita, pensaba Babieca, pero algo haragana.
Y muy ambiciosa.
Tenía todos los vicios que convocan al Diablo, pero Babieca no lo sabía.
Babieca sí sabía que su amo era infeliz.
Un día Dulcinea paseaba junto a Babieca y vio en una joyería un anillo con una piedra verde realmente maravillosa.
Babieca notó los ojos brillantes y los dedos abiertos, ansiosos, pegados al vidrio del negocio y comprendió.
Dulcinea le pidió a su marido que le comprara la joya,
pero él ganaba poco con sus escritos y no podía.
Babieca escuchó la discusión aunque no comprendiera exactamente las palabras.
A la mañana siguiente Babieca volvió a su paseo en las orillas del mar y lo vio tan verde
como la piedra esmeralda de la joya.
Fue hasta la casa y adulando a Dulcinea logró que ella lo siguiera hasta la playa, Babieca
meneaba su cola y entraba y salía del agua verde como la esmeralda y la espuma blanca
como el engarce de una joya.
A ladridos y vueltas logró que Dulcinea se acercara al agua siguiendo a Babieca,
cuando ella ya tenía medio cuerpo en el mar y jugaba con las olas saltaron a su alrededor
varias criaturas con cabeza de mujer, de largas cabelleras y la distrajeron con su bello canto
y fue así que no sólo Ulises escuchó a las sirenas, Dulcinea siguió a las bellas hasta que no
se supo más de su existencia.
Babieca era el único testigo y ni el Diablo puede hacer hablar a un perro que lleva
el nombre tonto de un caballo, por muy célebre que éste haya sido.


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