EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

domingo, 13 de noviembre de 2016

En mi voz




Hombre y mujer

Nos gustaba nuestro amor porque aparte de ser generoso, fuerte, espiritual (hoy que las relaciones amorosas son tan escasas de todo) guardaba recuerdos de nuestra
adolescencia en el barrio y de la juventud compartida en la universidad.
Nos habituamos, Salomón y yo, a concentrarnos en nosotros mismos. Hacíamos un culto erótico del alba; luego nos levantábamos temprano, íbamos juntos a la ducha y recién entonces me dirigía a preparar el desayuno.
Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; por fuerza de la costumbre cerrábamos el negocio sólo un par de horas; Salo no permitía que “hacer los bancos” le distrajera ni unos minutos de este momento tan nuestro y a mí no me llamaban aún las telenovelas de la tarde.
Lavar la cocina podía quedar para después.
Era importante el tiempo que le podíamos dedicar a la siesta, primera condición sine qua non para preservar el amor. Y nos esmerábamos en respetarla. A veces llegamos a creer que era el momento más grato de cada día. Logramos una envidiable maduración erótica porque la nuestra era una pareja dedicada a cultivar sólo el amor. Claro que habíamos llegado a esta situación después de una consensuada y necesaria clausura de la posibilidad de procrear.
Salo era un hombre nacido para el amor. Cultivaba todos sus detalles, sin excesos pero sin desmayos. Yo, en cambio, sentía un placer especial en poner en evidencia mi hallazgo del pecado nuevo que él había incorporado en alguna de sus caricias.
Los sábados los dedicábamos a algún pasatiempo singular.
Era una experiencia religiosa individual.
Cada uno por su lado.
Fuera de la casa.
Segunda y tercera condiciones sine qua non.
Decíamos que así enriquecíamos nuestra pareja.
Yo no sabía qué hacía Salo durante todo ese día y él ignoraba mis actividades sabatinas.
Pero es de nuestro amor del que les quiero hablar, de nuestro amor y de Salo.
Me preguntaba que podría haber hecho de Salo el amante perfecto.
Existen múltiples ocupaciones que un hombre y una mujer pueden hacer y rehacer, pero no así la hora del amor.
Fracasada o exitosa, nunca será igual la segunda vez.
No se puede remendar ni repetir.
Quizás por eso Salo y yo poníamos tanto empeño en crear y
recrear esos momentos.
A veces pensaba yo en lo efímero de la vida humana y entonces lamentaba no compartir nuestras vivencias.
¡Cómo no recordar la mirada de Salo, si era la que hacía saltar la primera chispa!.
Sus manos eran sabias, hermosas y jugaban armónicamente y al mismo tiempo que sus labios.
Salo no era demasiado alto, ni corpulento, casos en que los hombres parecen irse en crecer y olvidarse de cultivar las otras virtudes masculinas.
Sus piernas fuertes, pensaba yo, eran las bases que sostenían tanto vigor.
Me gustaba avanzar por su cuerpo; cada día iniciaba el amor por un rinconcito distinto. Cuando Salo estaba dispuesto yo advertía que el nido era grande y tibio.
No como algunos hombres que conocí cuya puerta de entrada está siempre abierta pero no se llega más allá del zaguán por mucha voluntad que se ponga.
Lo recordaré siempre porque fue una señal simple y sin excusas inútiles.
No casualmente sucedió un domingo, es decir el día posterior al espacio sabático. Salo estaba desatento.
Un sonido a muy finos cristales rotos alertó mi oído sensible.
Un sonido que venía impreciso y sordo, lejano, como un 

ahogado llanto de mujer.
Lo volví a escuchar pero ya más cercano y entonces creí que era imperioso manifestarlo de viva voz:
- Salo, estás ausente.
- ¿Estás segura?
Asentí.
- Entonces deberemos vivir con esto.
No expuse mi desacuerdo.
Ese día sentí que mis pasos eran como palomas heridas y los de Salo pobres pájaros torpes.
Fue penoso de remontar.




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