buen gusto. Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos
pulgar y
anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios
femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que
desbordado
de pasión, acaso de incontenible voluntad, se funde en la húmeda boca del ser
amado.
Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones
de
aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu
conservador, la
mona Eugenia), admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres
liberales,
el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el
presentador).
El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos
que tiene
en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca
y que
luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó
desapercibida la
erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es
también
del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo. Esta
actitud,
normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con
pequeños
pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo.
Advirtió que al público no le pasaba inadvertido lo que ocurría aunque la
opinión general
era que había sido previamente
calculado. El domador todavía estaba esperanzado en
que el elefante cesara en su empeño y que todo quedara en su propia proeza. El
dueño
del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaría) notaron que la
situación
escapaba al control del domador y se apresuraron a traer a la elefanta más
joven para
distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó
su
erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y
sangraba, lo que excitaba más al animal. El domador, al no resistir el dolor,
se desmayó
y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena
(el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por
compasión
(las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el
público al ver
la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo,
por orden
del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Este los
ahuyentaba con las patas traseras y la trompa, con
los ojos brillantes destellando tonos rojizos mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador,
aunque seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el
apareamiento a que había sido llevado.