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En mi voz

lunes, 25 de enero de 2016

El domador domado

El domador domado - Diego Alejandro Majluff
Un domador se jactaba de ser el único y verdadero artífice del arte de introducirse en las
 fauces de las fieras. Y no se limitaba únicamente a introducir la cabeza en la boca de los
 leones. 

En una época en que escaseaba la visita de espectadores al circo, la única fuente
de ingreso de los trabajadores circenses, el domador decidió transgredir las normas del 
buen gusto. Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos pulgar y 
anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios 
femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que desbordado 
de pasión, acaso de incontenible voluntad, se funde en la húmeda boca del ser amado. 
Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones de 
aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu conservador, la 
mona Eugenia), admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres liberales, 
el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el presentador). 
El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos que tiene 
en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca y que 
luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó desapercibida la 
erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es también 
del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo. Esta actitud, 
normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con pequeños 
pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo. 
Advirtió que al público no le pasaba inadvertido lo que ocurría aunque la opinión general
 era que había sido previamente calculado. El domador todavía estaba esperanzado en 
que el elefante cesara en su empeño y que todo quedara en su propia proeza. El dueño 
del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaría) notaron que la situación 
escapaba al control del domador y se apresuraron a traer a la elefanta más joven para 
distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó su 
erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y 
sangraba, lo que excitaba más al animal. El domador, al no resistir el dolor, se desmayó 
y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena 
(el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por compasión 
(las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el público al ver 
la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo, por orden 
del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Este los ahuyentaba  con las patas traseras y la trompa, con los ojos brillantes destellando tonos rojizos mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador, aunque seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el 
apareamiento a que había sido llevado.
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