EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

lunes, 20 de junio de 2016

No es tiempo de juego - Ada Inés Lerner

No es tiempo de juego - Ada Inés Lerner:


“Se repetía de amanecidas en el bar.

Parecía fácil

diluir fantasmas con insistencias de vino tinto.

Soñaba –creo–.

Cuando llegaron las palomas

él había muerto”.

San Juan “Apuntes”. José Campus.





Nunca había visto llorar a un hombre. Llorar así. Pero sucede. Sucede porque
los días se escapan veloces, y veloces los tiempos nos abandonan en la
distancia y en el olvido, el olvido y la distancia que no podemos comprender.

En un bar de estación terminal yo esperaba para partir, partía no recuerdo
adónde, cuando reparé en él. En la mesita lo usual, botella y vaso, vaso y
botella y la cabeza cenicienta; la cabeza cenicienta cayendo desamparada sobre
los brazos magros. Era tal su soledad como yo no había visto en persona alguna.
Parecía no estar allí y al no estar allí los demás lo ignoraban, lo ignoraban
con esa crueldad que los humanos, sólo los humanos somos capaces de sentir, de
sentir y de demostrar.

Cuando alguien evitaba pasar a su lado deslizaba una mueca, una mueca que no
alcancé a descifrar.

—Usted ama a sus pares? —desafiante, las palabras demandaban respuesta.
Respuesta que el mozo, después de apoyar la bandeja vacía, desorientado,
intentó articular:

—¿Si quiero a mis pares? Sí, creo que sí.

—Puede probarlo?

 El empleado optó por ocultar su desazón, desazón devenida en ignorancia,
ignorancia que ocultó en el silencio. El cliente lo miraba de frente, sin
pestañear, mientras una foto desorientada giraba entre sus dedos amarillos de
tabaco.

—No somos nada, sólo la construcción de algunos otros —guardó la foto en el
bolsillo izquierdo de la camisa con un movimiento mínimo de su codo.

El cliente sacó dos cigarrillos y le ofreció uno.

—No debo fumar mientras trabajo, pero lo guardaré para después —y lo ocultó, lo
ocultó en su bolsillo. El cliente agotó el último sorbo, vaso y botella, lo
usual sobre la mesa y la cabeza cenicienta, la cabeza cenicienta cayendo
desamparada sobre los brazos magros. Se quedó solo…

Como el bar me quedaba de paso más de una vez lo frecuenté, lo frecuenté sólo
para comprobar la presencia del parroquiano y su soledad, el ritual de su
soledad. Era casi una afrenta a los otros, a los otros que se reunían aún sin
conocerse, y para conocerse se daban apodos, apodos como “el pelado”, “el
negro”, “el gringo” como pretexto, y con el pretexto de unas cartas, cartas
españolas o un cubilete para jugarse el tiempo, tiempo que no es más que una
convención, convención que no comprenden y para matar la angustia de no
comprender de qué la juegan, se juegan el tiempo, matan el tiempo.

Varias veces me invitaron a compartir ese tiempo de juego, juego en el que no
lo incluían a él. Recuerdo haber pensado que a nadie le gusta que lo dejen
fuera del juego..

Quizás por deformación profesional me subyugan las historias, las historias de
los desconocidos, de los solitarios y un día, un día como cualquier otro, fui
decidido a su encuentro. Quizás porque frente a una realidad desconocida
necesitamos ponerle palabras, nombrarla, hacerla nuestra. Quizás sucedió ese
día porque lo vi mirar por la ventana de la ochava, perdido ¡vaya a saber uno!
detrás de qué sueño.

Permaneció en silencio, inmóvil. Retiré la silla y me senté enfrente y recién
entonces pensé que podría estar enfermo. Además de la adicción, digo. Levantó
la cabeza y nuestras miradas se encontraron y vi los surcos, los surcos que
antiguas lágrimas habían dejado sobre su piel y no lo resistí, me obligaba a
apartar la mirada.

La expresión de sus ojos anticipó las palabras que siguieron, aunque quizás no
eran necesarias. Es posible, sólo posible que él haya adivinado el motivo de mi
interés porque se volvió hacia la ventana y comenzó a hablar:

—Me muero —dijo— y recién ahora comprendo la belleza de la vida. Ahora que los
he perdido, por mi culpa. Mis pares, mis pobres pares quedaron solos cuando me
fui tras un sueño loco, un sueño que sólo los que son amados en demasía pueden
acuñar, no están necesitados de amor, no conocen los límites, las fronteras del
bien y del mal, la sinrazòn de la razón. Me amaban demasiado y lo esperaban
todo de mí y yo era sólo uno más y además llevaba sobre los hombros la mochila
de su amor. Le juro que busqué y busqué... le juro que recorrí todos los
caminos, y que transité todos los senderos, y por todos los atajos, y
encontré... encontré desiertos y vergeles, bosques, campos y ciudades, hasta
que ya no hubo más, no hubo más nada por conocer y entonces comprendí...

 Permanecimos en silencio un momento y luego casi me gritó:

—¿Pero cómo, usted tampoco lo sabe? —Bajó la voz—. Disculpe, a veces me cuesta
entender que yo no era el único que lo ignoraba.

Me estaba hartando el jueguito del borracho que todo lo sabe y quizás adivinó
mi intención de borrarlo de mi mapa porque me tomó del brazo con ambas manos,
manos con llagas que lastimaron mi piel:

—Yo comprendo que ésos no me entiendan, es mejor para ellos, ¿qué ganarían con
saber la verdad?. Pero usted tiene que saberlo. Por eso se acercó a mí. Usted
es el elegido. El que quiere saber. —hizo una pausa— ¿Entiende? Era mejor que
yo me fuera y sin embargo, la causa de todo mi sufrimiento es este secreto que
no supe comprender a tiempo....

 Hizo una convulsión, descansó un instante y sacó la foto de su bolsillo:

—Mire esta foto. ¿No ve nada? ¿Sabe por qué? Porque el paraíso no existe. Sólo
hay un paraíso y está dentro de cada uno, búsquelo, búsquelo aunque le duela.
Búsquelo.



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