EL UNICO ESCRITOR SOY YO - DON QUIJOTE

En mi voz

lunes, 20 de junio de 2016

La Muerte camina al sol - Ada Inés Lerner











Habrá quien me crea, y quien no.

Aclarado este punto les relataré mi encuentro con La Muerte.

La encontré en una plaza de Ituzaingó frente a un damero dibujado en la pequeña
mesa de piedra. Algunos juegan ajedrez otros damas, yo quiero jugar con Mi
Muerte. La reconozco porque es parecida a mi. Nos une un destino de mujer. Me
conmueve cierta mística, cierta creencia: ella muere un poco con cada una de
nosotras.
Me siento frente a ella para conversar, si ella quiere,
claro.

Ella está allí atendiendo cartas y correos electrónicos: pedidos por enfermos y
desahuciados. También hay algunos que quieren saber cuándo, cómo, dónde. Lee a
todos con la misma dedicación, se nota que es un trabajo que la apasiona. Me
repito: yo estoy despierta y viva y soy la única en este lugar que la reconoce.
Se ve muy delgada y tiene esa presencia mágica que todos le otorgamos. Siempre
se negó a envejecer. Desde que tengo memoria he visto que la han retratado
vestida de negro, el mismo rostro enjuto y una profunda determinación Divina en
el gesto.
Se dice que se la llevó un amor no correspondido en el
principio de los Tiempos. Pero el Tiempo es una convención humana o ¿no? Se fue
y volvió: su Superior le ha encomendado una tarea y ella parece necesitar más
tiempo que la eternidad.
Hay una cierta pausa sin prisa en este encuentro fortuito.
Me siento sin pedir permiso ¿qué hago yo aquí? y me doy cuenta que estoy
emocionada y que mis pensamientos están desordenados y confusos. Yo también
quiero sabe. Tengo derecho, tuve hijos, planté árboles y escribí libros. Quiero
aprovechar esta última oportunidad que me da la vida, para conocer mejor a esta
mujer. Aunque a veces creo que es un mito.
Ahora debería lograr interesarla en mis preguntas y escribir
un buen cuento, aunque sea el último, que me perpetue aunque sea póstumo ¿y
entonces? ¿A quién le va a interesar el reportaje a La Muerte? Por muy célebre
que sea. Todo el aplomo del primer impulso se desarma en mi interior. ¿Cómo
abordar a esta Muerte célebre?.
Busco apoyo en el respaldo de la silla y me enderezo un
poco; me la quedo mirando seria, sin poder articular palabra. Ella sigue
concentrada en lo que hace. Repite la lectura buscando vaya a saber una qué
secretos. Todos los movimientos los hace con calmada precisión. ¿Es esta una
intromisión de la vida en la eternidad? ¿Yo desapareceré de pronto?
Pierdo de a poco la timidez y sigo observándola casi con
descaro. ¿Cómo serán los pensamientos de La Muerte? Ella me mira, sorprendida,
por encima de sus papeles:
—¿Compañera? —me dice
Estoy confundida. Yo no estoy muerta. ¿Deberé decírselo?
Creo que ella lo sabe. Sonríe. Me mira inquisitiva.
Ante mi silencio ella toma la delantera:
—Estoy perpleja.—dice.
Comienzo a sentir algo parecido al miedo
—Viniste por mí o por vos?
—Yo… señora … creo haber cumplido mi misión —estoy
parapetada en un rincón de mí misma— y estoy enferma, ya no puedo ser útil como
antes, más bien soy una carga.
—¿Me equivoco o preferís morir a bajarte del caballo? —la
ironía me hace sonreír—
—Algo así…
—¿Crees ser dueña de tomar esa decisión ¿te corresponde?
—Soy dueña de mis decisiones, no me ata ninguna fe que me
contradiga, doné mis órganos, dejé los papeles en orden, no le debo nada a
nadie.
—¿No tenés miedo? ¿A lo desconocido? ¿Al más allá?
—No, no creo en un dios que castigue, no creo en los
castigos divinos, tampoco creo merecerlos, no he sido una santa pero tampoco he
hecho daño intencional a nadie. Mas bien tengo curiosidad. Quiero ver el
universo desde esa visión. Lo que he visto acá... se repite desde que se escribe
la historia
—Como suelen decir ¿“no hay nada nuevo bajo el sol”?
—Yo creo que sí, que hay mucho por ver, por aprender. Debe
ser como un viaje espacial entre las galaxias.
En eso caigo en la cuenta sin saber por qué, mi tiempo se
termina. ¿Sabe ella quién soy? ¿Será que a pesar de los muchos años que
representa el personaje de La Muerte, se niega a abandonar sus ideales? No
conozco su pensamiento, sólo por sus actos. Murmuro:
—¡Pero usted... está hablando conmigo!
—No le digas a nadie que me viste. No te creerían o lo que
es peor sí, y quizá como yo debas afrontar la calumnia, la injuria, la infamia.
Ella mira su reloj. Mi tiempo se terminó.
—Señora, ¿qué pasará conmigo? ¿puedo verla otra vez?
—Sí, claro, voy a llegar en el momento preciso. Lo único que
te diré es que hay muchas vidas y muchas muertes, habrás muerto con cada
pérdida y luego renaciste y fuiste otra mujer, una y otra vez. Cada una muere
como vive, no tienes nada que temer.



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